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domingo, 14 de diciembre de 2008

Ningún valor como la vida

Hasta aquí he reflexionado sobre los valores humanos que transmitimos y que precisamente son los que nos califican y definen.
Me he detenido en los útiles, vitales, lógicos, estéticos, éticos y religiosos; valores que todos quisiéramos incorporar a nuestra vida.
Pero entre todos aquellos positivos, que edifican y forman nuestra mente y nuestro corazón, ninguno tan valioso como la propia vida.
Y la vida somos cada uno de nosotros, formando parte de la Historia Universal. Nuestra vida es lo más excelso, bello y amable que, por lo sublime de su destino, se convierte en algo impagable, a lo que hemos de conceder la máxima estimación.
Nuestra vida, que es la suma de todos los valores que atesora, nos está pidiendo todo nuestro amor y dedicación.
Yo aspiro a darle a la vida, en solidaridad con todos los hombres, cuanto afecto y ternura sea capaz de generar mi corazón.

lunes, 1 de enero de 2007

Espíritu

Cuando decimos, SANTIFICADO SEA TU NOMBRE, queremos expresar el deseo de que el nombre de Dios sea santificado en nuestra vida, por nuestras buenas obras.
Pero, esto implica nuestra propia santificación, porque nosotros estamos llamados a ser santos. Dirá el Padre:” sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”.Y Jesús también dirá:”Sed santos como vuestro Padre Celestial es Santo”.
Pero, ¿cómo podemos nosotros ser santos, si sólo Dios es Santo? El Padre es esencialmente santo por naturaleza; nosotros lo somos por participación. A nosotros nos hace santos el Espíritu Santo, que se nos da por medio de Jesucristo.
La Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, fuente de todo Amor, se empeña en venir a nuestra vida para llenarla de los dones del Espíritu Santo, y hacernos partícipes de la santidad de Dios, que se nos promete en el Cielo.
Escuchemos y acojamos el mensaje de la Palabra de Dios, y lo hagamos alimento de nuestra vida.

Hombres nuevos

La Pascua de Resurrección que estamos celebrando, nos debe mover a pensar y a sentir con aquel Jesús que nación en Belén, y murió y resucitó para nuestra salvación.
El llenó los caminos de la vida de hombres nuevos, con pensamientos, sentimientos y obras nuevas. Son los que viven su fe y su esperanza; los que le siguen y hacen de El un camino hacia el Padre Dios, que nos está llamando cada día.
Jesucristo nos da el don de la humildad, cuando nos dice: “sólo Dios es bueno”. Y es que nosotros no somos buenos del todo; pero tampoco del todo malos.. Somos buenos, en tanto participamos de la bondad de Dios, y malos, cuando nos dejamos llevar por la maldad del Malo. Llevamos el bien y el mal en nuestro corazón. La clave está en que seamos capaces de vencer el mal con la fuerza del bien.
El hombre nuevo es el que se deja conducir por el Espíritu de Jesucristo, humanitario y fraternal; el que tiene un corazón compasivo y misericordioso, que acoge, acepta, ama y perdona a todos los hombres, porque se siente acogido, aceptado, amado y perdonado por Dios nuestro Padre.
Somos hombres nuevos, cuando nos compadecemos de los que sufren; cuando lloramos con los que lloran y nos alegramos con los que ríen; cuando compartimos con los demás lo que tenemos, aceptamos en silencio la humillación y con paciencia nuestros fracasos.
Jesucristo viene para darnos la misma Vida de Dios a través de su Muerte y Resurrección; ante semejante don, todo lo demás es nada. El es el primer hombre nuevo que nos regala la Vida nueva de la Gracia que permanece.
El cristiano debe cultivar en el huerto de su vida, los valores positivos con los que nace: su capacidad de dar amor y de recibirlo; transmitir la paz en su entorno; la solidaridad llamará siempre a su puerta, debe escucharla; la generosidad y la comprensión le ganarán amigos.
Los hombres de nuestro entorno son los destinatarios de estos frutos de la Vida, que harán el prodigio de que ellos puedan renovarse.
Es Pascua, y todo gira en torno a la Muerte y Resurrección de Jesucristo. Pero a la pena de su Muerte, sucede el gozo de su Resurrección que colma de alegría nuestra vida, para siempre.
Abramos nuestra alma al Espíritu de este Jesús que nos redime; acojámoslo en lo más hondo de nuestro ser y dejémonos moldear por El, para que podamos llegar a ser verdaderos hombres nuevos, hijos de Dios y herederos de su reino.

El gozo de escribir

Sin duda que es una de las actividades humanas más placenteras y saludables. Si se tiene en cuenta que la persona necesita hacer ejercicio con todo su ser, para estar en buena forma física y mental, el escribir es la mejor gimnasia para su mente; por tanto será una buena terapia para su cerebro, que ha de elaborar el pensamiento.
Y el pensamiento crea y alumbra la palabra, tanto hablada como escrita, que una y otra llenan las páginas de los libros y las conversaciones, las tertulias, las conferencias, etc, etc.
Es un proceso que nace de escribir. Para el escritor es lo más saludable y enriquecedor. En pocas cosas encontrará mayor complacencia. ¿Y la satisfacción que produce el trabajo hecho? Toda esta compensación lleva al escritor a esforzarse y a fortalecer su voluntad, para que pueda sentir el gozo de tener un libro en sus manos, creado por él.
Esto que digo me lo dicta mi propia experiencia, pues he escrito varios libros y muchos artículos, por lo que he sentido la emoción de tener un libro, creación mía en mis manos.
Gracias al escritor, los libros traen a la vida de los hombres la cultura y el conocimiento. Y llenan las librerías y las bibliotecas de las ciudades y pueblos, así como las estanterías de muchas casas de familia.
Hablando de libros, me quiero referir a la Biblia, como el libro salido de la mente de Dios, ya que tiene por contenido su Palabra divina, que es Vida Eterna para el hombre.
Los libros abarcan todo el pensamiento: la poesía como forma de expresión estética de la vida interior y exterior; la narrativa, novelada o biográfica; el artículo, etc.
Yo me felicito, con todos aquellos que han podido gustar del gozo y del placer de escribir. Tengo muchos amigos escritores y, por citar alguno, me complace aludir a Alfredo Pérez Alencart, al que saludo desde aquí con todo mi afecto.