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sábado, 13 de enero de 2007

El gran amor de Dani

Dani era un chico de seis años. Su figura estaba envuelta en una lozanía que resplandecía en su rostro. Tenía una gran vivacidad en su mirada: Era candoroso, con una alegría que contagiaba; muy inquieto, todos sus movimientos eran de un empuje arrollador.
A este niño, le asaltó una irreparable desgracia cuando había cruzado el umbral de la vida. Ahora, huérfano, vive una infancia rota y solitaria.



Era por la tarde de un día de primavera, cuando Dani abandonó el orfanato al que le habían llevado dos días antes: Y comenzó su peregrinación. Un anhelo profundo, por encontrar a su madre, lo dominaba:
“Me voy a buscar a mamá. ¿Por qué tardará tanto? -Iré a su encuentro. ¡Así nos veremos antes! .Yo no quería venir a esta ciudad que no conozco. ¡Aquí no voy a encontrar a mamá! .Pero mi tía, que vive en un barrio y no me quiere, tenía que meterme en esa casa donde no quiero estar. ¡Ahí nadie me llama hijo! Las monjas son buenas, pero el celador ... ¡tiene una cara más larga!
Por las mañanas, mi madre siempre me despertaba con un beso. Aquí es la campanilla la que te quita el sueño. ¡Y tienes que despertarte aunque no tengas ganas! .Es verdad que puedes jugar, pero mi madre me ha dicho que me va a traer un hermanito para juegue con él. ¡Me lo voy a pasar “bomba”, porque será como yo, aunque un poco más pequeño, claro”.
De este modo discurría Dani, que, sin saberlo nadie, en un momento se encontró en plena vía pública. Este día le dejó recuerdos imborrables.
Cuando nació Dani, su padre pensó al contemplarlo impotente y débil:” ¿Qué será de este niño en el correr del tiempo? Su infancia, ¿le brindará felicidad? ¿Será dichoso en su juventud? ¿Su vida, en la edad madura, le dará frutos granados de gozo y felicidad?
Y su vejez si llega a ella, esa recta final de la vida, será para él un rescoldo que le preste calor y anime su espíritu, hasta su último pensamiento?”
Todo aquello era una incógnita, sin embargo, ahora desde el cielo, podía ver la tragedia
que se cernía en el corazón de su hijo, mientras caminaba hacia la calle, a la salida de aquél orfanato, con el ansia de encontrar a su madre que había perdido.


En la pequeña cabeza de Daní destacaba una idea obsesiva: su madre. Ella lo fue todo para este niño. Por eso le dirige a ella los pensamientos de su mente y las ansias de su corazón.
Dani amaba a su madre con todas sus fuerzas y no comprendía la vida sin aquella mamá que había saciado todas sus hambres de cariño.
El niño había sido muy feliz en el seno de una familia acomodada, pero cuando más necesitaba de sus padres, un acontecimiento familiar le privó de ellos para siempre. Fue un accidente de tráfico inesperado y fatal. También Dani iba en el coche con sus padres, pero le respetó la muerte.
La idea que tenía del suceso, apenas se dibujaba en su mente. Sólo un confuso y aterrador recuerdo de aquel momento sobrevive en su memoria. Sin embargo, la viva angustia de aquel aciago instante, acompañaba a cada uno de sus pasos, firmes y presurosos, cuando iban de un lado para otro.
La obsesión daba vueltas en su cabeza;”¿Dónde estará mamita? ¿Cuando vendrá mamita? Esta idea no le abandonaba un momento.
A Dani le habían dicho que su madre estaba de viaje. Que había ido a la capital. Por eso Dani preguntó a otro niño del orfanato, si estaba lejos la capital. El chico le contestó encogiendo los hombros.
Dani se sentía atormentado por la ausencia de su madre, aunque le hacía sobrevivir la firme esperanza de encontrarla. Por eso abandonó aquella residencia y se lanzó a buscarla por los caminos de la vida.
En la residencia de niños huérfanos, de la que formaba parte, notaron enseguida la falta del niño. La religiosa a cuyo cargo estaba, agotó todas las posibilidades de búsqueda, y como no lo halló, puso el hecho en conocimiento del director del centro. Este se inquietó mucho. Ordenó explorar los lugares donde pudiera estar. Pero no dio resultado. Entonces comunicó lo ocurrido a los distintos departamentos de la Policía gubernativa y Municipal. Preguntó en hospitales y casa de socorro, sin que dieran con una huella suya.
También las emisoras de radio transmitieron la noticia de la pérdida del niño, y la publicaron los periódicos. Así pues, la ciudad entera tuvo conocimiento de que Dani andaba solo por la calle. El acontecimiento fue un fogonazo que resonó enseguida en el corazón de todos.
Se divulgó que el niño buscaba a su madre, pero que ella había muerto, por lo que la noticia caló hondamente en la sensibilidad del pueblo. Muchos transeúntes creían ver al niño cuando circulaban por la calle, y el comentario fresco y conmovedor asomaba en todos los labios. En el aire flotaba esta pregunta: ¿Dónde estará el pobre niño?



Entre tanto, el niño circulaba por la vía pública como un pequeño rey. Le acompañaban los penosos sentimientos de su orfandad y los mil personajes de su fantasía.
Tiene un alma candorosa y fresca. Su pequeña figura imparte belleza. Unos ojos azules, vivísimos, bailan en sus órbitas. Es fornido su tronco. Sus piernas y brazos son fuertes y está bien desarrollados y dotados de gran movilidad.
En aquel niño hay base y fundamento de hombre integro que busca, su mejor tesoro con todas las fuerzas de su ser. ¡Estaría dispuesto a traspasar una montaña por encontrarse con su madre! .Era una fuerza que nacía en lo más hondo, la que lo empujaba a salir por los caminos de la vida, en busca de lo que más quería. Porque estaba convencido de que la hallaría. ¡Tan grande era su empeño que, siendo un anhelo imposible, florecía la esperanza en sus ojos!.
Dani se encontró, de paso, un parque infantil. Como era de mañana, no había nadie en él. Nunca se cansaba de jugar; por eso se detuvo allí para recrearse con aquellos juegos que llenaban el delicioso parque.
Olvidándose de todo, se entregó a aquella diversión, en la que no estaba solo porque lo acompañaba multitud de amigos imaginarios:”Yo salto más que tú, Toni! ¡A ver quién llega antes al tobogán!; ¡a la una, a las dos y a las tres! Nacho, ¿quieres que montemos en la locomotora? ¡Haremos un viaje a Avila! ¿O vamos a Madrid?”.
De repente se acuerda de su madre, y la invoca:
“Mamá, ¿dónde estás? ¿Vas a venir pronto? Mira que estoy solo. Quiero que sepas que se me están rompiendo los zapatos.
¡ Vuelve ya! ¡Que no he vuelto a comer las patatas fritas que me servías en el plato
chico! ¡Qué ricas! ¡Y el huevo que freías para mi, blando y calentito! ¿Te acuerdas? Y las tostadas con mantequilla para la leche. Ah, ¡y el chocolate que me pintaba aquellos bigotes! ¿Es que no te acuerdas? ¡Con qué ganas te reías entonces, mamá! ¡Nunca te he visto reír tanto! Pero lo que más me gustaba era las patatas fritas, y tú bien lo sabías. Mamá, cuando sea mayor, quiero ser como papá. Y tener todas las cosas como él. Me dejaré bigote. O quizá barba, como papá. ¿Verdad, mamá?
Pero bueno, mamita,6cómo has emprendido ese viaje tan largo? Te digo que ya tardas mucho. ¡Vuelve ya! ¡Quiero tener madre, y no estar solo! ¡He venido en tu busca! ¡Te salgo al encuentro!”.
Dani abandonó el parque, y cuando traspasaba la puerta de salida, un nudo le oprimía la garganta. De su corazón brotaba una fuente de sentimientos que afloraba a sus labios, y sus ojos no sabían si reír o llorar.



El sol está en lo alto y es fuerte. El cielo limpio. Azul. Dani ve cómo la ciudad busca su vida en el trabajo, en el descanso o en la diversión; aunque no lo comprenda.
Nuevamente ha empezado a andar, sin rumbo fijo. Por el camino que está recorriendo, hay muchos niños acompañados de sus mamás y se le van los ojos hacia ellos.
Dani siente imperiosamente la necesidad de hablar con alguien; y se acerca a un invidente que está sentado en uno de los bancos, mientras pregona, ofreciendo el cupón de los ciegos:
¡El premio! ¡llevo el premio!”
Dani se le quedó mirando desde muy cerca, y le dijo:
-Oye, ¿tú eres ciego, no?.
-Sí, soy ciego. Tú no, claro.
-No, yo no lo soy; por eso puedo ver a mi madre. Yo sé que tú no puedes ver a la tuya. Aunque si la tienes contigo y la puedes besar ya es bastante.
-¿Es que tú no puedes besar a la tuya?
-No, porque se ha ido.
-¿A dónde?
-Creo que está en un viaje muy largo.
-¿Y tú padre?
-Se fueron juntos los dos.
-Y tú, ¿qué haces?; ¿A dónde vas?
-Voy en busca de mi madre.
-Pero, tú eres muy pequeño.
-No, no soy muy pequeño, y no pararé hasta que encuentre a mi madre. ¡No puedo vivir sin ella!
El ciego, que era un buen hombre, se impresionó mucho por el problema del niño y empezó a descubrir que se cernía un drama sobre él.
Pensaba que al hombre no debe resultarle ajeno nada de lo que le acontece a los demás hombres, aunque sean todavía niños. Hondamente meditó el caso de Dani y su angustia; deseando quitarle aquella pena, o al menos compartirla con él. Vivamente le preguntó:
-Pero, vamos a ver; ¿Cómo te llamas?
-Me llamo Dani.
-Y, ¿dónde vives? porque yo creo que estás perdido.
-Yo vivo en una casa muy grande, con muchos niños .Pero no quiero estar allí. Por eso voy a ver si viene mi madre del viaje.
Y, ¿en qué sitio esperas encontrarla?
-Por ahí.
-Mira, pienso que debes estar interno en la Residencia de Niños. Allí es adonde debes ir. Verás como tu madre va a buscarte. Yo te llevo si quieres.
-No, mi madre no sabe que yo estoy en esa Residencia. Ella no me habría llevado a ese sitio. Seguro que viene por esta calle. ¡Me voy a buscarla!.
Dani salió corriendo, sin dar tiempo a que el ciego reaccionara; y aunque empezó a llamarlo a gritos, sus voces se perdían a lo lejos mientras el niño se alejaba por aquella avenida.



La ciudad estaba en pleno apogeo de gente. Las calles eran ríos humanos, en las que las personas circulaban de un lado para otro, en pos de sus anhelos o empujados por sus obligaciones.
El ciego empezó a dar vueltas en su cabeza a lo ocurrido. No sabía qué pensar ni qué hacer. Lo cierto es que se quedó con la honda preocupación por la suerte que correría el chico, al que creía solo en el mundo. Estaba seguro de que sentía por él admiración, por sus dotes de valor y energía, y a la vez compasión, por su total orfandad a los seis años.
Queriendo poner remedio a aquella situación, tuvo una idea que puso en práctica:
llamar a la Comisaría e informar de que había un niño perdido por la ciudad buscando a su madre, la que decía estaba de viaje.
En la Comisaría se dieron cuenta de que se trataba de Dani, e intensificaron la búsqueda.
El ciego siguió su ronda, practicando su oficio de vendedor de cupones, mientras mascullaba en su pensamiento: ”¡Pero verás qué renacuajo! ¡Me ha dejado perplejo!”.



Dani caminaba por la ancha avenida, confundiéndose con la gente y sin que nadie se fijara en él. A medida que avanzaba con sus pasos menuditos y breves por la acera de la calle, sentía más el peso del cansancio y las punzadas del hambre. En su ánimo perdía fuerza la luz de la esperanza. Sin embargo, entonces, surgía con más brío y tenacidad el deseo de hallar a la que para él era como el aire que respiraba.
Todo lo que aparecía ante sus ojos le resultaba insólito, pues era la primera vez que descubría aquellos paisajes urbanos. Sin darse cuenta, ya que todo cuanto acontecía a su alrededor era inesperado para él, se encontró a las puertas de una casa de religiosos.
Rápidamente entró en ella y recorrió varias dependencias sin ser visto por nadie. Luego pasó al salón central. Allí se encontró con el hermano lego, que era un anciano. Parecía un cascarrabias, pero este hombre, a fuerza de practicar el bien en su larga vida, había conquistado paciencia u humildad.
El hermano lego le miró fijamente y le dijo:
-¡Hola!; qué feliz visita! ¿No me habrás hecho ninguna fechoría, eh?
-No, no he hecho nada.
-Y dime, amiguito, ¿qué te trae por aquí?
-Pues nada, -contestó el niño.
-Pero vamos a ver, ¿cómo te llamas?
-Dani.
El lego vio el desamparo y agotamiento que denunciaba su aspecto.
-Pues bien, Dani; explícame de dónde vienes y a dónde vas. Pienso que tendrás hambre, frío o cansancio, o tal vez las tres cosas.
-Sí, hambre si tengo, también estoy cansado.
-Bueno, está bien; miraré a ver si hay algo para ti. Aunque te advierto, amigo, que aquí hay poca pitanza. Acaso encuentre alguna cebolla por la cocina. En todo caso tú no te preocupes, algo aparecerá. Ahora, te sientas en esta silla, para que descanses. Yo iré a buscarte algo.
El hermano se fue y Dani quedó descansando con sus menudos huesos.
El anciano no tardó en volver. Y, ¡qué sorpresa! No traía ninguna cebolla, sino un enorme bocata de queso que puso en las manos del niño. Los ojos de Dani se iluminaron de alegría.
El le hacia un movimiento de cabeza muy significativo, y a la vez que se dibujaba en su acerado rostro una sonrisa tenue, le decía:”con paciencia se vencen las injurias, y con esto vencerás tú al chacal del hambre. Ahora te dejo tranquilo reparando fuerzas ‘y luego vuelvo para que me cuentes la historia de tu vida”.
El niño devoró el bocadillo en un momento, entre tanto, sus penetrantes ojos recoman la estancia, examinando el mobiliario y objetos que la llenaban.
Cuando volvió el hermano, ya Dani se estaba impacientando. Esta vez fue el niño el que abrió el diálogo:
-Gracias por el queso. ¡Estaba muy bueno!
-Me alegro; ¿quieres más?
-No; ya no tengo más hambre. Bueno, ¡oiga!, ¿ha visto por aquí a mi mamá? La estoy buscando. Se fue hace unos días, y no ha vuelto.
Estas palabras del niño, aclararon al lego la cuestión, ahorrándole muchas preguntas. Dani siguió explicando:
-Íbamos a otro pueblo. A mí me dio sueño y me dormí. Luego no pude saber lo que pasó. Pero no volví a ver a mi madre.
-¿De dónde eres tú?,-le preguntó el religioso.
-Yo soy de la Peña Alta, pero mi tía me trajo a la ciudad y me llevó a una casa donde hay muchos niños. Yo no quiero estar allí. No puedo olvidar a mi madre y voy a buscarla. Me han dicho que está en un largo viaje.
El lego le había escuchado atento y complacido.
-¿Y tu padre?.
-Se fue con mi madre.
-¡Vaya, vaya! ¿A quien se le ocurre marcharse y dejarte solo? Pero mira, no te apures, seremos amigos; yo tengo muchas cosas para ti.
El lego había captado el problema del niño en toda su hondura. Y se dio perfecta cuenta de la tragedia que significaba para él, haber perdido a sus padres para siempre. Pues aunque Dani le dijo que estaban de viaje, un sentimiento interior le decía que aquel niño era huérfano.
El lego quería allanar las cosas, por eso le dijo:
-No te apures; yo soy algo renegón, pero sano de alma. Y veo que tú eres un valiente. Te aseguro que habrá diálogo y afecto entre nosotros.
-¿Qué es diálogo? -preguntó el niño.
-Diálogo es conversación; lo que hacemos ahora; lo que hablamos-aclaró el lego.
-Sí, ya sé-dijo Dani, mientras se iluminaban sus ojos porque había aprendido una cosa más.
La preocupación de aquel niño por la suerte de su madre, caló muy hondo en el ánimo del religioso, que corrió a comunicar todo, al superior de la Comunidad. En efecto, el superior mandó que fuera el niño a su presencia, pero cuando el lego volvió a buscarlo, ya no vio a Dani por ninguna parte. El pájaro había volado dejando el eco de sus píos en el aire del convento. También quedaba allí el recuerdo de un niño encantador y quién sabe, si las huellas de un genio de la humanidad.



La ciudad vivía una inquietud constante: el paradero de Dani. Circulaban varias versiones, y la opinión generalizada era la de que el niño aparecería de un momento a otro.
Por una calle amplia y recta circulaban dos guardias municipales. Uno es observador y el otro, socarrón y superficial.
Eso sí, los dos son cumplidores y celosos del orden. Parsimoniosos, cambian palabras de vez en cuando. El socarrón devora cigarrillos; el otro escudriña con su mirada por todas partes. Observa todo; capta todo.
-¿Qué opinas tú del caso Dani?-preguntó el que era observador.
Pues yo pienso que cuando se ha escapado del orfanato, sin duda es un “bala”, o por lo menos un indómito.
-Juzgas tú, me parece, muy a la ligera. Ese niño creo que está viviendo el drama de su vida. Tiene seis años, y sus padres han muerto, aunque le han metido en la cabeza que están en un largo viaje. El, que debe de tener un aguante y una voluntad de acero, se ha marchado por ahí, en busca de su madre, como el que se toma un vaso de agua. Debe ser un muchacho tan decidido que no se amilana ante las dificultades.
-A los chicos de hoy lo que les hace falta es que se les ate corto, porque están muy sueltos; ya no hay respeto ni sumisión de los pequeños a los mayores. Antes los hijos reverenciaban a sus padres, seguían sus consejos... Ahora, todo eso ha sido barrido de la sociedad.”
“Pero hombre, eso es un tema aparte. No quieras juzgar lo que no conoces. Hay que conocer la vida de las personas y las circunstancias que les llevan a obrar de una forma o de otra.
El niño es el blanco de todos los comentarios en la ciudad, en la que no se habla de otra cosa. Está interesada por el pequeño y le duele su orfandad.
Yo personalmente admiro a ese muchacho. Comprendo que lo que hace no es nada común a su edad. Que hay un hombre superior en potencia, dentro de su cuerpo pequeño. Debe de sentirse protegido por un recio carácter y una gran personalidad. Y no le asustará la vida, si no lo abandonan esa constancia y tenacidad.”
Los dos guardias seguían su paseo. Iban despacio, como tomando el pulso a la ciudad, cuyas palpitaciones se dejaban sentir desde aquella céntrica calle.
De pronto, el más inteligente dijo al otro:
-Oye, mira y fíjate en aquel escaparate de juguetería y en el “rapaz” que está asomado al cristal. Tiene los ojos clavados en lo que hay dentro. Observa; toda la traza, indumento y figura son del niño que buscamos.
¿Será Dani? Vamos a acercarnos. Hay que tener mucho tacto en esta ocasión para que no se asuste.
-No lo vamos a dejar escapar, después de tanto buscarlo. ¡ Vamos, digo yo!
-Escucha, hombre. Tú no tienes niños, ni buena información sobre este caso. Por eso no caes en la cuenta de que Dani es como una planta tierna, a la que no se puede zarandear, sin peligro de causarle graves estragos. La sociedad, no lo olvides, tiene que dar a este niño, lo que él no puede recibir de sus padres: el cariño, alimento y vestido que necesita. Piensa que no tiene familia.
-Bueno, no te pongas así, lo haremos lo mejor que podamos.
-En eso tenemos que estar de acuerdo.
Los guardias se acercaron al niño. El más culto, despacio y afable, hizo como que se sentía atraído por todo aquello que llenaba el escaparate.
- ¡ Oh, cuántos juguetes! ¡ Y qué bonitos! ¡ Son preciosos! Dani se le quedó mirando y le dijo:
-Oye, ¿también a ti te gustan?
-¡Pues claro! Fíjate en ese payaso que toca el violín; no se sabe si llora o ríe.
¿Te gusta el payaso Dani? Sí, me gusta mucho. Yo lo he visto tocar en el circo. Fui con papá y mamá.
¿Y dónde están tu padres?-
-No lo sé. Voy ahora a buscarlos.
-¿A ti te gusta jugar?
Entonces el rostro de Dani se iluminó con una luz viva que formó un intenso resplandor en su mirada. Y contestó:
-Sí, jugar me gusta mucho.
-Bien, si vienes con nosotros, te daré un balón grande para que juegues. También te ayudaremos a encontrar a tu madre.
-¿Sabes tú dónde está?
-No, pero la buscaremos, ven con nosotros.
El niño se sometió con docilidad y los tres se dirigieron a la comisaría. El guardia vulgar mostraba indiferencia y aun desprecio por aquel niño, al que consideraba culpable de su situación. Al otro, sin embargo, le dominaba la preocupación por Dani, y ponía todo su empeño en ayudarle a salir de aquella angustia, tanto más cuanto más corta era la edad del que la padecía.
Dani, que sufría en su carne aquella violenta separación de su familia, tenía su alma atormentada por la soledad que lo rodeaba. En su ánimo había un cúmulo de sensaciones de abandono y desamparo que lo llevaban al borde de la desesperación. El espíritu animoso y tenaz del niño se bamboleaba, agitado por la fuerza de los acontecimientos que vivía, como el tallo de trigo por una tormenta.
Camino de la Comisaría, Dani atraía las miradas y el interés de los transeúntes. Al lado de los guardias, algunos decían:
“Este debe ser el niño que busca a su madre”.
Pero Dani no iba a gusto con aquellos hombres, porque le decía el corazón que por allí no le vendría la ternura que necesitaba.
Momentos después se encontraba ante el comisario, rodeado de policías. Estaba extrañado de que en aquella oficina hubiera tantos hombres reunidos.
El comisario, dulcificando sus palabras, habló con el niño, que estaba triste y atemorizado.
Seguidamente sonaba el teléfono en el orfanato, dando la noticia de que el niño había sido hallado. Al momento se movilizó vehículo, conductor y celador para su traslado desde el centro policial. Pero Dani, que estaba huidizo porque se aburría allí, decidió evadirse nuevamente.
La sorpresa de aquellos hombres llegaba al asombro, al palpar con sus propios ojos la evasión del niño. ¡ Y no acertaban a comprender cómo, sin que ellos se enteraran, había podido filtrarse por la puerta!
Otra vez la radio, los teléfonos y las personas transmitían la noticia de que Dani había desaparecido de la Comisaría.



Anochecía. Dani tomó rumbo a las afueras de la ciudad, y cuando las alcanzó, vio cómo se levantaba ante sus ojos atónitos un edificio de enormes dimensiones. A primera vista le pareció gigantesco. Era un colegio moderno. A pesar de su grandiosidad, no se intimidó. Al contrario, a la vista del colosal inmueble, se creció, convirtiéndose en el pequeño David que se enfrenta al terrible Goliat.
Como un imán atrajo el colegio a Dani. Y se dirigió a él. Caminaba entonces, por una pequeña avenida que conducía al colegio, festoneada por álamos blancos, de gran frondosidad.
A Dani empezaron a flaquearle las piernas y el sueño cerraba sus ojos. EI relente de la noche metía el frío en sus carnes, pero en su despejada mente aparecía nítida la imagen de su madre. La puerta de acceso al centro docente aun permanecía abierta: Dani entró. No había portero. No había nadie. El director, los profesores y los alumnos internos, asistían en el propio colegio a una velada musical.
Dani tuvo una vacilación. Como si se preguntase, qué haría él en aquella casa tan grande. Era la primera vez que entraba en un sitio donde lo invadió la timidez. No obstante, como era habitual en él, la reacción no se hizo esperar, y ya, recobrada la serenidad, se decidió a entrar, queriendo captar cuanto veía a su alrededor.
Sin darse cuenta se encontró en un sala amplia, rectangular, que estaba contigua a dirección. Todas las dependencias del edificio se encontraban amuebladas lujosamente. En ellas había profusión de butacas y sofás, cómodos y blandos, tapizados con exquisito gusto.
Exploró un poco y descubrió en la oficina de al lado una chaqueta colgada de una
percha. Se la puso y dijo:”Es un abrigo”.Luego buscó el calorcito al amparo de un radiador que ocupaba un ángulo de la habitación. Se acercó a la butaca que allí había y se dejó caer en aquel asiento mullido y calentito.
Enseguida le venció el sueño.
Mientras dormía, de vez en cuando pronunciaba palabras sueltas, o emitía sonidos acompañados de gestos ininteligibles.
Había en el colegio un perrote que era la mascota de los colegiales. Todos los alumnos lo conocían, y él a ellos. A su antojo recorría todas las dependencias, y en su deambular por unas y por otras, dio con Dani, que soñaba con los ángeles del cielo. El perro se acercó. En los ojos tenía una expresión cargada de ternura. Husmeó sus ropas y tiró con sus dientes del borde de la chaqueta, como si quisiera mitigar el frío de sus piernas.
Después se tumbó en el suelo, mientras lo contemplaba atento. Y queriendo imitar a Dani, también él se echa, apoyando su pesada cabeza en sus patas y se duerme.
En el colegio todos se habían retirado a descansar. Allí todo era silencio, apenas quebrado por el lejano ruido de los vehículos que circulaban por la bulliciosa ciudad. Dani y el perro tenían un sueño feliz.



Ha transcurrido plácidamente, casi toda la noche, lo que significa para el niño la recuperación de sus fuerzas. Hay un momento en que Dani, entre sueños grita en voz alta: mamá”.
El perro se levantó y le lamió el rostro. Dani se estremeció; lo ha confundido con el beso de su madre y se despierta dulcemente. Entonces exclama: “mamá, mamita, ¿dónde estás?”.
El perro da muestra de gozo al ver que se incorpora el niño. Pero éste no se asusta; al contrario, la presencia del animal lo llena de alegría. Es algo que no esperaba. Ambos se sienten dichosos. Y como siempre saluda primero el más educado, Dani rompió el silencio:
-¡Hola!
El perro movió el rabo como respuesta.
“Me llamo Dani, dijo éste. Y tú, ¿cómo te llamas? ¿No tienes nombre? Te voy a bautizar. Desde ahora te llamarás “Pipo”. El perro se rascabas las costillas con la pata. ¿Qué te pasa “Pipo”?
¿Te pica? ¡Pero hombre! ¡Vaya orejas que tienes más grandes!
¡Y qué rabo! ¡A ver! ¡Hombre no te enfades! ,si no quieres que te toque el rabo, no te lo tocaré. ¿Tampoco quieres que te coja la cabeza con las manos, ni que te las pase por el lomo? Ah, ¿eso sí? Ya veo que eso te gusta.
“Pipo”, ¿cuántos lobos has matado? Supongo que habrás salvado niños antes de que muriesen ahogados, ¿No?; porque tú eres un perro valiente. ¿A que sí?.”Pipo”, cuando yo sea mayor como tú eres ahora, quiero ser valiente y saber mucho, como esos hombres que escriben libros.”Pipo”, yo ya he leído cuentos. Sé, uno de un niño malo. ¿Quieres que te lo cuente?
Escucha:”Le ató las patas a un pobre burro, sólo para reírse de él; pero el burro al dar el salto, sin querer le aplastó un dedo.
Luego, le metió un palo grande entre las patas. El burro se esforzaba y sufría, hasta que consiguió soltarlo. Entonces el palo se le disparó a la cara del niño malo, dejándosela del color de los negritos, y eso por hacer el mal. No es verdad,”Pipo”.
¡ Tengo mucho sueño! ¡Vamos a dormir otra vez!
Dani se dejó caer en el sillón nuevamente, y el sueño se apoderó de él.
“Pipo” le hizo compañía algún tiempo, y hasta se durmió, pero al amanecer, la necesidad lo llevó a la calle. Cuando se marchaba, dirigió una mirada a Dani, acompañada de un bosquejo de despedida.



Nace un nuevo día para Dani . Uno más que sumar a la cuenta de los que ya ha vivido .El amanecer iluminó el ámbito de la habitación que le había servido de dormitorio, abriéndole los ojos. Se quitó la chaqueta, dejándola en el sitio en que había dormido, y abandonó el colegio por la misma puerta por la que había entrado.
Dani había descansado bien aquella noche, pero el hambre estrujaba implacablemente su flojo estómago. Cuando se encontró en la calle, la ciudad soltaba su pereza nocturna. Aquel día sería muy importante para él, como lo fueron las cosas que le acontecieron. Caminaba sin saber a dónde lo llevarían sus pasos. Deseaba comer, pues el hambre que sentía casi no le dejaba pensar en su madre. Pero tuvo suerte, porque encontró al paso una churrería en la que había una bandeja, con churros gruesos. Exclamó:”¡Cuántos churros!”.Sin que aquello se explique, no había nadie en el establecimiento y en aquella ocasión la debilidad le llevó a llenar las manos del apetitoso desayuno. Luego continuó andando, mientras consumía el sabroso manjar, tomando uno de la derecha y otro de la izquierda. Así dio fin a su inesperado almuerzo y, sintiéndose mejor, continuó su camino con nuevas fuerzas dentro de él.
Ya estaba el sol alto cuando Dani se dirigía a un parque tranquilo situado en una zona céntrica de la ciudad. En este parque, había gran cantidad de árboles. Algunos asombraban por su frondosidad. También abundaban allí los jardines, cuidados con esmero, y asientos de piedra diseminados por todas partes.
En el centro del parque había una fuente de piedra con artísticas figuras, en bajo relieve, donde el niño bebió un agua con un ligero sabor a cloro. Y, ¡arena, mucha arena colocada en montoncillos, como si fueran dunas, a las que los niños que acudían a jugar se acercaban con verdadera emoción.!
En aquel sitio acogedor, Dani se detiene bastante tiempo. Pero la soledad le invade su corazón de niño. Hay algo que le envuelve y aprisiona. Por eso lucha su voluntad, que intenta romper aquel cerco y liberarse.
En un extremo del parque, se encuentra un anciano que lee el periódico de la mañana. Este hombre es un buen sujeto. Está jubilado y ha sido funcionario, habiendo quemado las largas horas de su vida en una total entrega a su vida profesional, y a la familia. Amante de los niños, por su vejez se considera un niño más. Le gusta mucho el parque, al que conoce palmo a palmo. A veces detiene su lectura para que sus ojos lo contemplen. Disfruta como nadie de la apacibilidad de su sombra, y de la hermosura y perfume de sus flores.
La mirada del anciano se fija en el niño, que juega con la arena. Le sorprende la soledad que lo rodea. Piensa:”no lo acompaña nadie”.Lo observa con calma y se impresiona más:
“Juega él solo”. ”Ninguna persona hay a su cuidado”. Lo nota muy extraño. Ve cómo tiende a esconderse y a huir. De vez en cuando, se oculta detrás de los arbustos y bancos del parque.
Dani siente cómo la sociedad, si no lo hostiga, tampoco lo acoge. Pero el anciano intuye la situación del niño, y como si quisiera prestarle el calor de su compañía, busca otro asiento más próximo, pero no demasiado para no intimidarlo. Desde allí lo observa mejor. Entonces tuvo la certeza de que aquel niño estaba rodeado de misterio.
Pasó por allí un matrimonio con su hijo, conocido del anciano y cambiaron unas palabras de saludo. Los dos niños se miraron abiertamente y ello bastó para que se inclinara su voluntad a jugar juntos. Pero apenas el otro niño se hubo detenido, el padre elevó la voz para llamarlo:
-Vamos, hijo, que se hace tarde. Y la madre:
-Javier, no te pares a jugar, que no llegamos a casa de tu abuela.
Ante aquella insistencia, el muchacho, a regañadientes se marchó con ellos, quedando a Dani sumido en un gran desconsuelo, cuando ya creía haber encontrado un amigo. El jubilado, por su parte, iba recogiendo en su interior todas aquellas cosas que habían despertado en él un interés inusitado hacia el niño, por el que ya empezaba a sentir honda compasión. Fue entonces cuando, movido por aquella inquietud buscó el modo de ayudarle y ofrecerle su amistad.
La figura infantil de Dani se iba agigantando en la mente del viejo y traía a su memoria el recuerdo de un meto suyo, muerto cuatro años antes, al que amaba con gran ternura.
El anciano leía el periódico aparentemente, pero su atención estaba prendida de los movimientos y evoluciones del chiquillo. Y empezó a pensar cómo pondría en práctica algunas ideas que bullían en su cabeza.
El deseaba acercarse al niño, pero ¿cómo podría hacerlo? ¿No se asustaría e intentaría huir? Entonces se acordó de que tenía en el bolsillo algunos caramelos. Los cogió con la mano derecha, y cuando Dani estaba de espaldas a él, los tiró, formando un reguero entre los dos. El niño, que vio la primera golosina, y la segunda, se precipitó sobre ellas, recogiéndolas del suelo. Cuando tomó en sus manos el último caramelo, ya estaba junto al anciano .Este le miraba gozoso y satisfecho porque había acertado con la estratagema. Fue el momento en que los ojos de ambos se encontraron y se comprendieron.
Dani tenía en sus manos suficientes caramelos como para sentirse feliz. Pero, ¡qué pequeño era aquello que tenía y qué grande, lo que le faltaba!
-¡Caramba, cuántos caramelos!-dijo el anciano.
-¿Quieres? Toma, estaban ahí-contestó el niño.
Y los mostraba en sus pequeñas manos, que vaciaron aquellas golosinas en las grandes manos del viejo. A éste le invadió el entusiasmo:”¡A mí me gustan mucho los caramelos! A mí también”, agregó el niño. Este acontecimiento rompió el silencio y empezaron a hablar, mientras le devolvía los caramelos.
-Oye, mira, yo quiero mucho a los niños y me encanta jugar con ellos y contarles cuentos, así pues, si te agrada, puedo jugar contigo y contarte alguno.
-Si, sí, cuéntame un cuento; mi madre también me cuenta cuentos.
-Pues allá va, escucha:
“Había dos niños que eran amigos; uno era egoísta y otro generoso. Un día fueron a jugar juntos. El egoísta llevaba treinta pesetas para sus caprichos, y el generoso, sólo dos pesetitas para chicle. En el camino se encontraron a un pobre mendigo que les pidió algo para comer, porque tenía hambre.
Entonces el niño generoso, movido a compasión le dijo: Mira, sólo tengo dos pesetas, tómalas. En cambio, el egoísta se expreso así: ”Yo no tengo nada; lo siento; para otra vez”. Con lo que demostró que además de egoísta, era mentiroso.
Pero sucedió que aquel hombre era un sabio que conocía los corazones de los niños y que tenía una gran fortuna. Por eso, luego se dirigió a los niños con estas palabras: ”Toma niño, como premio a tu generosidad, quiero regalarte esta caja repleta de juguetes. En cambio a ti, dijo al otro, por tu egoísmo y por haber mentido, verás tus monedas convertidas en pulgas, que te picarán para que tengas que rascarte hasta que seas bueno”.
Dicho esto, se despidió con mucha cortesía.
Ellos se fueron a un sitio apartado y tranquilo, donde el niño generoso mostraba los preciosos juguetes con que había sido premiado, mientras el egoísta se rascaba sin cesar porque no soportaba las picaduras de las pulgas. Pero este niño ya estaba arrepentido. A fuerza de rascarse se hizo bueno y le volvieron las monedas al bolsillo. Entonces empleó las treinta pesetas en golosinas, y las repartió entre los niños conocidos”.
Y aquí se acabo el cuento, en el que como ves cada uno recibió su merecido.
-Claro los niños tienen que compartir las cosas que tengan con los demás. ¿Verdad? interrumpió Dani.
-Sí, los niños tienen que ser buenos y compadecerse de los otros niños que no tienen tantas cosas como ellos. Y compartirlas, a fin de que haya alegría para todos.
Y ahora que el cuento se acabó, ¿quieres que juegue contigo?
-Sí, vamos a jugar a hacer caminos.
-De acuerdo; mira, yo te los señalo con el bastón y tú los cubres con arena, ¿quieres?
-¡Si, hala!
-Aquí hay una gran ciudad, y en esta otra parte, un campo de fútbol. Ahora trazaré una carretera para ir de un sitio a otro, ¿te parece bien?
-Sí, me parece bien.
La amistad surgida con el anciano había hecho desaparecer de momento, en la cabeza de Dani, la preocupación por su madre. Y se entregaba al juego con toda alegría y espontaneidad. En cambio, para el anciano era un pretexto todo aquello, y sólo quería conocer la verdadera situación y suerte del chiquillo, porque intuía que en la vida de aquel niño había algo apasionante. Le estremecía él pensar que estuviera solo en el mundo, y quiso saber el motivo por el que estaba allí, así como el paradero de sus padres.
De pronto recordó la noticia del niño perdido por la ciudad y empezó a dominarle el temor de que aquel niño fuera Dani.
-Oye, no me has dicho tu nombre-le dijo.
-Me llamo Dani-contestó él.
-Y tus padres, ¿dónde están?
-Me han dicho que han ido a un viaje muy largo. Yo estoy buscando a mi madre y no la encuentro.
-Yo tenía un nieto, y también se ha ido a un largo viaje. Tal vez estén en la misma ciudad. En cuanto a tu madre, no pierdas la esperanza de encontrarla. Pero ahora, pienso que es la hora de comer, y que sentirás hambre.
-Sí, tengo hambre.
-Escucha Dani: quiero que vengas a comer conmigo, si no te importa .Y como premio al buen chico que eres, te regalaré un montón de juguetes. ¿De acuerdo?
Dani vacila un poco, pero luego, decidido como es, asiente.
-Bueno.
El anciano insiste.
“¡Anda, hombre, dame la mano y vámonos.”
El niño le dio la mano y ambos se dirigieron a casa.
En el camino encontraron un kiosco donde compraron un tebeo, cuyas historietas hicieron las delicias de Dani.
Al llegar a casa, por indicación del anciano, se sentó en una silla, que era la que ocupaba su nieto cuatro años antes.
-Quédate viendo el cuento-le dijo-, ahora vengo.



El anciano fue a ver a su hija que estaba atareada en la preparación de la comida. Mientras llegaba al punto de cocción, se había sentado abstraída, con mirada perdida en su interior. De tal modo estaba ensimismada, que no se dio cuenta de que habían llegado a casa dos personas. El padre contempla su actitud y la comprende.
-Pero Clara, hija, por favor, ¿hasta cuando vamos a seguir con esta tristeza? ¿Todavía
pensando en tu hijo? ¿Hace cuantos años que murió Jorge?
-Padre, a un hijo que se muere, el corazón de la madre no lo olvida nunca.
-Pero una cosa es el recuerdo, y otra la obsesión que te va a arrebatar la salud.
-No lo creéis, desde que murió mi hijo siento que me duelen todos los huesos; hasta las paredes de la casa parece que lloran conmigo.
-Ya va siendo hora de que olvides y pienses en vivir.
-Eso quisiera, pero no puedo.
-Te voy a dar una noticia que quizá se lleve el dolor de tus huesos y llene de alegría todas las paredes de este hogar.
-¿Qué noticia es esa? Si es portadora de gozo, dímela pronto, para que se me quite la impaciencia que tengo.
-¿Recuerdas a Dani, ese chico evadido del orfanato y de la comisaría, que anduvo ayer perdido por la ciudad? ¿Ese muchacho que ya es popular, porque lo conoce todo el mundo?
-Sí, claro, a lo largo de todo el día mi ánimo estuvo inquieto por la suerte de este niño, y en mi interior se libró una lucha entre ese oleaje de emociones que iba del corazón a la garganta Al pensar en él, sentían algo hondísimo e inexplicable, como si viera a mi propio hijo por ahí; él solo, buscando su gran amor. Te aseguro que daría mi vida para que a ese niño no le aconteciera ninguna desgracia.
-Pues hija, por si te sirve de alegría te diré que ese niño está en tu propia casa.
-¿Cómo, en mi casa, padre? ¿Que Dani está en mi casa?
-Pues claro, en el cuarto de Jorge, donde te espera para saludarte. El parque nos reunió a los dos, haciéndonos buenos amigos. Y como tenía hambre, el pobre chico, me lo he traído para que comiera con nosotros.
-Has hecho bien en traerle a comer a casa.
-Este niño me ha hecho pensar en muchas cosas. Quizá también a ti te suscite alguna idea que cambie tu vida.
-Ahora no quiero pensar en nada; quiero verlo enseguida.
Padre e hija entraron presurosos donde estaba Dani. En esta ocasión no se había evadido, pues algo le decía que en aquella casa encontraría calor de hogar. Cuando Clara tuvo ante ella la figura atractiva y amable de Dani, se clavaron sus ojos en ella y llegó a considerar que había hallado un tesoro.
-¡Hola Dani! -le dijo, poniendo en aquellas dos palabras todo el caudal de ternura contenido por mucho tiempo, de mujer y de madre.
-¡Hola!-contesto-, ¿me conoces?
-Pues claro, hijo.
-¡Me has llamado hijo! Desde que se fue mi madre, nadie me había vuelto a decir hijo. Yo no puedo vivir sin madre, por eso la busco.
-Oye Dani, ¿quieres que yo te encuentre una madre?
-Si, yo quiero tener madre.
-Mira, como eres un niño bueno y la has buscado tanto, te prometo que te daré una madre.
-¿Una madre como la mía?
-Sí, como la tuya.
En aquel momento suena el timbre de la puerta, que anuncia la llegada del marido de Clara.
-Tu marido-le dijo su padre.
-Sí, voy a recibirlo, quédate con Dani y mímalo.
El padre asiente con la cabeza; luego se abrió una animada charla entre los dos.



Clara abre la puerta y recibe a su marido con dulce sonrisa.
-Hola Jorge,-le dijo, acercándole el rostro, que él besó.
-Hola, te veo contenta y siento un ruido extraño en esta casa, siempre tan silenciosa. O ¿me lo ha parecido?,-contestó él.
-No te lo ha parecido, Jorge, sino que has oído perfectamente. Es que ha puesto un ángel los pies en tu casa, del que esperamos mucha alegría para nosotros.
-¿Qué dices, Clara?
-Lo que oyes. Sabes que en esta casa había muerto la alegría; pues en estos momentos la siento renacer.
-¿Quieres explicarme qué es lo que pasa aquí?
-No pasa nada Jorge, sino que Dani, el huérfano que busca a su madre, está aquí en casa. Mi padre se ha encontrado con él en el parque y lo ha traído.
-¿Como, ese niño está en casa? ¿Habrás avisado al orfanato o a la policía?
- No, no he avisado a nadie.
-Pues creo que era lo procedente.
-¿Por qué había de hacerlo? Dani, aunque sea un niño, es dueño de su vida y de su libertad. Él no quiere estar en el orfanato; si no encuentra a su madre, se inventa una.
-No sé que te propones. ¡Quisiera leer tus pensamientos!
-Pues no corras a comunicar nada.
-Te equivocas, porque voy a llamar ahora mismo para que vengan a buscarlo. ¿No crees que es nuestro deber? ¿Por qué hemos de retener nosotros a ese niño?
-Mira Jorge, es algo que te lo pediría de rodillas: espera, ¡quiero que me comprendas! Por el niño no sufre nadie. La preocupación por encontrarlo obedece a normas civiles y sociales establecidas, ¡A nada más! Deja que podamos agasajarlo un poco solamente; que coma con nosotros porque tiene hambre, y que descanse tranquilo esta noche en una cama blanda, sin zozobras ni sobresaltos. Mañana será otro día, y quizá nos traiga grandes cosas. Cada día trae un mensaje nuevo.
-Sí, trabajo.
-Trabajo, sí, pero también anhelos, esperanzas e ilusiones. Mañana vestiremos al niño con ropa nueva. Tiene rotos los zapatos: lo calzaremos. Luego, si quieres llamamos para que vengan a buscarlo.
-Pienso, Clara, que tal vez tengas razón, y en esta ocasión quiero complacerte. Por tanto se hará como tu quieras. Pero ahora, déjame que quiero ver a Dani.



Jorge no esperaba encontrar aquel niño tan resuelto y decidido. Cuando lo vio se quedó pasmado de su soltura y naturalidad. No había en él encogimientos ni timideces, y se comportaba cual si hubiera vivido en aquel ambiente familiar los pocos años que contaba.
A Jorge le asaltó una idea que ya había visitado la cabeza de Clara y la de su padre, pero nada dijo sobre ella. Entre tanto saludó al niño con mucha simpatía.
-Hola Dani.
-Hola -contestó el niño.
-¿Te encuentras bien aquí?- Le preguntó.
-Si, muy bien -contestó Dani.
-Bueno, creo que ya conoces a todos los que vivimos en esta casa. Como sospecho que te devorará el hambre, vamos a comer y así acabarás con ella. ¿Te gustan las patatas fritas o no?
-Sí, mucho.
-¿Y un huevo frito, calentito y blando.
-Más todavía.
-Pues ... ¡al ataque!.
Entonces se trasladaron al comedor, sentándose a la mesa. A un lado tomó asiento el matrimonio; al otro estaban el anciano y el niño.
Rompió el silencio Jorge que estaba deseando conocer los pensamientos de Dani, así como todo lo que bullía en su interior.
-Bueno, vamos a ver. ¿Dónde has dormido esta noche?.
-En un casa muy grande. Había una butaca blanda, y me acosté allí. También, un perro grandote, que se llamaba “Pipo”; le gustaba que le pasara la mano por el lomo.
Entre tanto, Clara iba colocando con amor, sobre la mesa, aquellos alimentos que con amor había condimentado. Y observaba cómo resplandecían los rostros de todos, a la vista de los platos exquisitos, preparados por ella, mientras saciaban su apetito.
Durante la comida, los esposos dirigían sus miradas a Dani, y luego las cruzaban entre ellos, intercambiando inteligencia y comprensión.
En un instante recorrieron con su memoria el tiempo que llevaban casados, desde los primeros rubores de su amor cuando se conocieron, hasta llegar a saborear el fruto de su unión y el dolor de haberlo perdido. El recuerdo de Jorge, su hijo, es algo que llevaban los dos grabado muy adentro: Por otra parte la presencia de Dani avivaba en su memoria aquel recuerdo.
Terminada la comida el anciano se dirige al niño.
-Bueno, qué, ¿estás dispuesto a venir conmigo al parque otra vez esta tarde? Si vienes te invito a merendar. Te comprare una “pantera rosa”
-¿Y me contarás un cuento?
-Sí, hombre.
-¿Me lo prometes?
-Prometido. Pero antes veremos los dibujos animados de la “Tele”. ¿Quieres?.”
-Sí, vamos a verlos.
A Jorge le esperaba el trabajo, por lo que se despidió de todos, y advirtió a Dani que lo vería a la vuelta.
Clara se ocupaba de retirar todo de la mesa y fregar. Mientras ponía orden en la cocina y el comedor, su corazón rebosaba de gozo. Era un gozo nuevo que se levantaba sobre su propio abatimiento, ayudándole a superar la pena que le invadía hacía tiempo.
El anciano elevó la voz para hablar con su hija:”Clara, me voy con Dani a dar una vuelta. Iremos al parque para jugar un rato”.Pero ella acudió a la puerta para despedirle. Se inclinó ante el niño y le preguntó:
-¿Te han gustado los dibujos animados?
Una amplia sonrisa iluminó el rostro de Dani, mientras decía:
-Sí, han sido muy bonitos.
-Me alegro, hijo -dijo Clara, dándole un beso; vete con el abuelo y volved pronto, que os estaré esperando.
Y, sin más, se marcharon.



Cuando Clara se quedó sola, encontró en el silencio y sosiego de la casa el ambiente y el momento propicios para reflexionar sobre el asunto que tanto preocupaba a la familia:
Dani. Y brotaron de su despejada mente ideas claras y anhelos placenteros que se alojaron en su corazón.
Entre tanto, el anciano y el niño avanzaban hacia el tranquilo parque. En aquellos dos seres había un punto común que los unía: su impotencia. Sin que se dieran cuenta, coincidían en aquella encrucijada de la vida donde se daban cita dos mundos distintos. Dani se asomaba a un valle de ensueño y tentación, cargado de promesas y esperanzas. En cambio el anciano se sentía abrumado por el peso del recuerdo y la nostalgia. Recordaba las cosas que había dejado atrás y que fueron depositando en su espíritu un sedimento, mezcla de dulzura y de amargor.
Dani era una verdadera promesa. Sus ojos grandes, azules y vivaces como un cielo abierto, eran el objetivo que captaría las maravillas que la vida pusiera en su camino. El anciano, sabedor de tantas cosas, personificaba la bondad y la comprensión. Por eso comprendía al niño, que inocentemente, iba en pos de las ansias de su corazón.
La solicitud del jubilado se esforzó por hacer pasar a Dani una tarde agradable. Ni por un momento le invadió al niño el aburrimiento. Al contrario, entre cuentos y juegos se le pasó el tiempo como un soplo.
Ambos se entendían bien. La mente del anciano se hacía pequeña como de niño cuando jugaba con él, en cambio se elevaba a gran altura cuando lo deleitaba con aquellos cuentos ingeniosos.
Clara se afanaba en dejar la casa limpia y ordenada, en especial el cuarto de Dani, donde volcó su pasión femenina y maternal. Se gozaba contemplando el cuarto una y otra vez, respirando orden y limpieza, porque ella, hasta perfumó la habitación para que el niño estuviera a gusto.
Llegó su marido y enseguida surgió el tema obligado de Dani.
-Clara, he pensado mucho sobre el niño toda la tarde.
-A mi también me ha dominado el mismo pensamiento.
-Es que ahora recae sobre nosotros una gran responsabilidad,-indicó Jorge-, porque está en nuestras manos la posibilidad de retener al niño o de entregarlo. Sabes que Dani se siente incómodo en el orfanato, y en casa de la tía no quiere estar, porque ella no le da cariño maternal.
-Dices bien, Jorge, que está en nuestras manos retenerlo, supuestos los oportunos trámites legales, o entregarlo, que es lo mas fácil. Yo, no quisiera, por nada del mundo ver alejarse de nuestra casa este niño que ha llegado a ella como angelito llovido del cielo. Sufriría muchísimo. Por eso me gustaría sugerirte algo relacionado con una idea, por mí muy meditada y sentida. Y le he pedido a Dios que nos ilumine en la decisión que hemos de tomar.
-¿Qué es lo que tanto has meditado?
-Adoptar a Dani por hijo nuestro. ¿Qué te parece, Jorge? Se trata de una vida a la que podemos acoger y dar bienestar. Es la formación de una persona, la que está a nuestro alcance. Creo que no podíamos tener entre manos nada más importante.
-¿Qué quieres que te diga? Que si tomamos esta decisión, suponiendo que Dani dé su conformidad, recae sobre nosotros un grave deber. Ya sé que las grandes resoluciones implican serias obligaciones. En fin, si lo has meditado sin prisas y estás dispuesta a coronar la obra, sin medir ni pesar sacrificios, por complacerte, accederé.
-O sea, que estás de acuerdo conmigo en adoptar al niño. ¿No es eso Jorge?
-Sí, sí, estoy de acuerdo.
-¡Gracias!, me das la mayor alegría de mi vida.
Apenas habían salido de sus labios aquellas palabras alborozadas, cuando llegó el anciano seguido de Dani.
-Bueno, ya estamos aquí. Venimos contentos y hambrientos -dijo el jubilado- ¡Ah, sí, ¿tienes mucha hambre?-interrumpió Clara.
-!Mucha, mucha hambre!
-Ya verás, ahora mismo preparo merienda para todos. ¿Me quieres ayudar tú?
-Sí, yo te ayudo.
-Pues ven conmigo.
Jorge se quedó hablando con el padre de Clara.
-Quería decirle, que Clara y yo, de común acuerdo, hemos decidido adoptar a Dani, para que se quede con nosotros. Se lo digo para saber si usted aprueba la decisión, ya que todos tenemos que convivir en esta casa, y la formación del chico ha de ser obra de todos.
-Jorge, debo decirte que es para mí la más grata sorpresa. Os aplaudo y felicito por vuestra resolución. Yo, que soy el que más ha conocido a Dani, creo que no podría verle marchar sin estremecerse de pena. Por mi parte, gustoso os ayudaré el poco tiempo que me quede de vida; así, cuando yo me vaya, no os quedáis solos.
La voz de Clara cortó el diálogo:
-Vamos, en el comedor espera la cena.
-Dice Clara que vayamos a cenar -comentó Dani.
-Enseguida vamos -contestaron ellos. Y se fueron.
Seguidamente unos suculentos emparedados, reunieron a todos en torno a la mesa y con los que quedaron saciados.
Durante el breve tiempo que duró la cena, el niño era el centro de observación de todos, especialmente de Clara que estudiaba atenta todos sus movimientos y reacciones. Sentía necesidad de conocer aquel niño, al que pensaba hacer hijo suyo. Por otra parte miraba su interior, como si intentara medir sus fuerzas. Porque. . . ,¿sería ella capaz de llevar a cabo la empresa? Su disposición le parecía buena, pero, ¿cual sería su espíritu de entrega? ¿Llegaría ella a llenar como madre las aspiraciones y anhelos del pequeño? Estas preguntas que se hacía a sí misma y en silencio, tendrían en el tiempo la respuesta.
Después de la cena se reunieron todos en el cuarto de Dani, como queriendo dar, al acto que iban a celebrar, un tono solemne. Los dos hombres estaban de pie. Clara se sentó, y poniendo al niño sobre sus rodillas, habló de esta manera:
-¡Oye, Dani, hijo!, ¡hemos pensado que te quedes con nosotros!. ¡Queremos ser tus padres! .Tú, ¿qué dices? ¿Quieres ser nuestro hijo?
Dani, como si se diera cuenta de que iba a dar un paso importante, se concentró profundamente y luego contestó:
-Yo si quiero ,pero . . . ¿y cuando vengan mis padres?
-Hasta que vengan tus padres, ¿quieres vivir con nosotros? Te daremos todo cuanto tenemos. Y todo nuestro cariño. Pero si no quieres quedarte con nosotros, nos lo dices ahora y te llevamos adonde tú quieras.
-Sí, quiero vivir y estar con vosotros.
Entonces Clara abrió sus brazos para acoger al niño, en una acción profundamente humana. Dani, por su parte buscó en ellos refugio seguro, porque intuía que allí lo encontraría y no se engañaba.



Jorge llevó a cabo las acciones legales para la adopción de Dani, que encontró así el gran amor de su vida.

miércoles, 3 de enero de 2007

La estrella de los Reyes Magos

En un lugar innominado de la tierra, lleno de sugerentes collados, vivía Daniel, hombre tan inquieto por conocer los secretos de la Naturaleza, que apenas se preocupaba de las necesidades de su cuerpo.
El martillo de las contrariedades y trabajos de la vida, habían golpeado fuertemente su esforzado ánimo; por eso se fue al campo, fuera del alcance de la maldad de los hombres, asqueado de tanta mentira, vencido por la negra ingratitud y por la despiadada incomprensión. Por todos los lados de su vida recibía golpes que minaban su espíritu, quedando siempre insatisfechos sus más nobles deseos de felicidad. Porque a Daniel, que había fracasado en su matrimonio, lo arruinaros sus negocios y fue abandonado por sus hijos.
Y se va huyendo de la iniquidad de los hombres, porque sólo mal ha recibido de ellos, sin hallar en la convivencia humana, felicidad ni paz para su alma atribulada. También huye del bullicio y del trajín ciudadano, que lo aprisionan como si quisieran asfixiarlo. Por eso se aísla de la sociedad y rehuye todo contacto con el mundo. Así busca en la vida solitaria lo que no ha hallado en el seno de la comunidad.
Corre en pos de la Naturaleza, porque cree encontrar en su paz armonía y bondad, cuanto él necesita para ser dichoso. Allí, Daniel parecía formar parte del paisaje, cual si fuera un detalle de aquel gran cuadro, aunque en realidad era un ser humano capaz de pensar y de amar, con un alma cuyo aliento no muere.
En medio de aquella soledad, buscó refugio para su atribulado espíritu, protegiendo sus miembros de la intemperie, en una cabaña construida con sus propias manos. En aquel paraje, único y distinto, estudiaba cuanto de bello y grandioso había en su derredor, reflexionando sobre la magnificencia del Autor de la vida.
Tenía Daniel una esbelta figura, cubierta por una túnica larga que se extendía hasta rozar los dedos de las manos y de los pies. El sol daba luz a sus ojos y calor a su cuerpo, calando hondamente en su ánimo el aire que respiraba, la música de los pájaros y el parpadeo sugerente de las estrellas.
Se había abandonado a sí mismo, queriendo olvidar cuantos sinsabores había experimentado al contacto con una sociedad injusta, llena de violencia y ceguera. Le animaba la mejor disposición, pero su pensamiento no penetraba más allá de la cáscara, de esa nuez que era la Humanidad, cuyo egoísmo le rechazaba.

Hubo un momento en que contemplaba todo de una forma vaga, y en la exaltación de su fantasía, ocurrió algo insólito, que le llenó de asombro: una estrella fulgurante, que enviaba haces de luz a la Tierra, avanzaba triunfadora hacia él, y era señal y guía de una regia caravana. Estaba presidida por tres egregios personajes, que cabalgaban en briosos corceles a los que manejaban como diestros jinetes.
Les acompañaban sus fieles y respectivos séquitos, dibujándose en la lejanía el avance del cortejo, con toda su inusitada grandeza. Y cuando la regia comitiva, llena de esplendor, llegó a su altura, el humilde Daniel salió a su encuentro y, postrándose ante sus reales personas, abatida su erguida cabeza, con una gran humildad, dijo solemnemente:
-¿Quiénes sois, adónde vais y qué significa esta estrella?
Hubo un momento de silencio; luego, uno de los soberanos, tomando la palabra, con mucha unción de espíritu contestó:

-Yo soy Melchor, y vengo a rendir todo mi ser y cuanto poseo al Dios verdadero. Para mi humilde persona, esta estrella que me guía, representa la fe en el Dios que se hace como nosotros, en este Niño nacido hoy; es la luz que ilumina los caminos del hombre, más allá de la niebla de los valles del mundo; es una antorcha divina que no ciega, sino que señala la senda salvadora; un don más que se nos da, como el aire o la luz del día, juntamente con la Creación entera al servicio nuestro.
-Y cuando haya desaparecido la estrella por occidente, ¿cómo vivirá el hombre en la oscuridad? - dijo Daniel con profunda humildad.
-Al hombre, -contestó Melchor- nunca le faltará esa luz interior, si él la deja que arraigue en su vida y no le cierra la puerta de su corazón.
Luego habló el segundo soberano; y este explicó:

-Me llamo Gaspar; yo también me reconozco una criatura que depende en todo momento de su Creador. Mi fervoroso corazón me dice que esta estrella es la que trae a los hombres la esperanza; sin ella la vida está sumida en la tristeza, pues ella pone belleza a nuestro alrededor, sonrisa en los labios y paz en el alma; es la que da confianza fraterna y nos hace solidarios los unos de los otros. La esperanza, ilumina nuestros pasos por la vida, hasta que arribemos a la Patria sin fronteras.
-¿Qué es la esperanza, rey Gaspar? Preguntó Daniel crédulo y vacilante.
-La esperanza es disfrutar ya en nuestra alma, mucho más de lo que podemos sostener con nuestras manos y de lo que nos pueda pedir nuestra lengua. Ella nos lleva bogando, como por un mar erizado, a bordo de nuestra alegre y feliz barquilla, que no se hundirá nunca si va aligerada de egoísmos y ambiciones terrenas.
Después, abrió la boca el tercero, para decir:


-Mi nombre es Baltasar, y como mis compañeros, confieso que soy hechura de Dios y que me hago oblación al Padre, que sostiene mi vida.
A mí, amigo bueno, esta estrella me habla del Amor. El Amor es esa llama que no nos deja perecer de frío, porque su calor nos cobija a todos. El Niño que nos anuncia esta estrella, nace, vive y muere por amor a los hombres.
-¿Cómo tendré yo ese amor, sin engañarme, majestad?; preguntó Daniel, dispuesto a escuchar atentamente.
El rey Baltasar contestó:
-Si pones el corazón en tus manos, y las tiendes al que camina junto a ti, con una sonrisa alegre y una palabra afable. Es muy fácil: como una hormiga ayuda a otra cuando ésta no puede con su carga. Como las flores, que embellecen el parque y lo perfuman, para que disfruten todos. El Amor se olvida de sí mismo y procura el bien de los demás. El derrama paz y bondad entre nosotros. Benéfica lluvia de bienes es el Amor, que fertiliza y embellece el jardín de la vida. Amor es la palabra más sublime que ha brotado del pensamiento humano”.

Al momento se hizo la luz en la mente de Daniel, quedando despejado el horizonte de su vida. ¡Había recibido el mensaje de la Estrella! Como los rayos del sol acuchillan y ahuyentan la empedernida niebla que se agarra a los valles, así aquella estrella desvaneció su penumbra interior. En el corazón de Daniel triunfó el Amor, que provocó una reacción en todos sus miembros. Ya no eran los hombres sus enemigos, sino sus amigos. Y trató de buscarlos, y se metió en medio de ellos. Luego arrojó su túnica, vistiendo los vaqueros, el jersey y el chubasquero, disponiendo su generosidad para repartir sin medida la riqueza de los dones recibidos, entre tantos “ciegos”, “hambrientos” y “desesperanzados”.
Daniel tenía ya en su corazón a todo hombre, que era su amigo y su hermano, con el que pensaba formar la nueva Familia Universal. Y se puso enteramente al servicio de todos, quemando su vida en una entrega incondicional a sus semejantes. Comunicó su luz y su palabra a todo el pueblo, y fue tanto el bien que sembró por doquier, que al final de su vida no podía con tanta carga espiritual como había ido recogiendo, cual fruto sazonado.
Nunca se borró de su memoria la imagen del regio cortejo, que iba al encuentro del Dios hecho niño, y que era compendio de belleza, sabiduría y grandeza del Cielo y de la Tierra.
Como para el pensamiento humano, no hay limites ni fronteras, Daniel desde el umbral de nuestra era, dirigió el suyo a los hombres que le sucederían; y pensó en el año dos mil tres, reflexionando cómo calarían en el hombre de hoy los mensajes de aquella Estrella de los Reyes Magos.

El "bizco"

“El Bizco” se echó a la calle porque necesitaba ejercer su oficio. Aquel día, como casi todos, su corazón no albergaba buenos sentimientos. Ni siquiera la Navidad, que llega siempre con su mensaje de paz y de amor, le impedía llevar a cabo sus planes violentos y su delincuencia.
Se había disfrazado, según su costumbre, para dar el “golpe”. Febrilmente, cogió su arma: aquella pistola que había comprado a plazos a otro delincuente. Con el aspecto de matón, que le daba la razón de la fuerza, aunque dominado por una gran cobardía, se dispuso a despojar al primero que encontrara. Con esa disposición salió a la calle y, al volver la primera esquina, de repente, se encontró con un hombre de edad madura, al que trató de intimidar: “¡no se mueva - le dijo-,lo tengo encañonado; déme el dinero!”.
Pero el asaltado, que era un hombre ducho y experimentado en esas lides, con increíble serenidad y rapidez se abalanzó sobre el ladrón, agarrotándole el brazo, hasta hacerle soltar el arma. Luego, con sorprendente sangre fría, la recogió del suelo, arrojándola a una cloaca con la intención de que se perdiera para siempre.
El “Bizco” no salía de su asombro, mientras se veía desarmado e impotente.
Chema, que así se llamaba el asaltado, le dijo:
- Ahora vas a venir conmigo, porque te quiero aleccionar, ya que te has librado de una soberana paliza.
El muchacho, que apenas contaba veinte años, se resistía a obedecer, pero Chema lo miró con tal fuerza, que al fin asintió. Aunque de mala gana empezaron a caminar, mientras hablaban, calle adelante.
Entonces el “Bizco” le dijo a Chema:
-¡Vamos a ver!, ¿qué es lo que se propone?.
- En primer lugar, que sepas que yo soy un maestro en el oficio y tú, un bisoño.
-Ah, sí, ¿también tú eres ladrón?
-¡Pues claro!, pero no se me ocurre atentar contra la vida de las personas, porque es suya y no tienen otra. Yo he robado de lo que a otros le sobra, y cuando lo necesitaba; pero de arma, nada. ¡Anda, que no tiene inconvenientes! Puede dispararse en el bolsillo.
-Quizá tengas razón. Pero, entonces ¿cómo robas tú? ¿Sustraes por tu
cara bonita? ¿Qué haces?
-Yo soy un ladrón generoso; si quito a unos, doy a otros. Muchas veces he ayudado a quienes tenían menos que yo; porque hay personas que no disponen de nada, y lugares, en los que abunda todo. Y tú ¿qué haces?; cuéntame tu vida. Aunque no hace falta, pues ya me doy cuenta de lo que tú puedes hacer: nada efectivo; ¡como no sea “bizcolear”!
-Yo, en verdad no tengo mucha suerte. Doy un “golpe”, y ¡a la cárcel! Salgo y vuelvo a dar otro... y otra vez ¡a la cárcel! Lo cierto es que no tengo mucho éxito, y hasta creo que soy el “hazmerreír” de toda la gente. No digamos nada de los funcionarios; ¡menuda guasa ! ¡Como que esbozan una sonrisita cada vez que cruzo los umbrales del establecimiento penitenciario, que... no veas lo que se divierten conmigo¡ Tú, ¿no estuviste nunca en la cárcel ?
- Nunca; ¿porqué había de estar, si le di con una mano a la sociedad, más que lo que le quité con la otra. Esta realidad, sin duda ella lo supo ver.
Avanzaban hacia la plaza de la ciudad, mientras la música y las canciones navideñas llenaban de melodías el ambiente, que se encontraba impregnado de mensajes de paz y de alegría.
- Explícame tu forma de actuar; ¡quizá me valga a mí!
- Yo me jubilé hace tiempo. Dejé el “oficio” cuando empecé a estimar la honradez, y te aseguro que me impresionó tanto, que la incorporé a mi vida con todas mis fuerzas. En la vida lo que hace falta es tener un corazón grande y que éste sea el motor de nuestros actos; pero tenemos que limpiarlo de tantas malas hierbas como se agarran a él, poniéndole trabas a los buenos deseos, si es que no ahogan hasta los más nobles sentimientos
-Veo que te has pasado al otro bando. ¿Serás amigo de los guardias?
- Nunca fui su enemigo; ¿por qué había de serlo, si hay guardias que son unos ángeles? Te dije antes que lo que se necesita es tener un corazón generoso, porque debes saber que esos corazones, son como la fuente, que mana agua para todos; en cambio los egoístas, como las peñas, no dan nada.
Cuando tenía lugar este diálogo ya se encontraban en la amplísima plaza de la ciudad, que reunía, en sí, toda la hermosura imaginable. En el centro de ella había colocado la devoción popular, un precioso “Belén” de grandes dimensiones. Y se podían escuchar en todo el ámbito de la plaza y sus alrededores, una grabación que difundía canciones populares navideñas.
El “Nacimiento” era una verdadera obra de arte, en el que destacaban
figuras de gran valor artístico. En aquel momento la codicia se apoderó del corazón del “Bizco”, y dijo a Chema:

-Esta figuras deben valer mucho dinero, ¿no te parece?
-Sí, son obras de arte de una valía incalculable.
-Los reyes magos, el castillo de Herodes y las figuras del portal, me interesan. ¿quieres que nos las llevemos ? ¡Sacaremos pasta!
-¿Cómo?, ¡llevarnos alguna de estas figuras, para venderlas como mera mercancía! ¡Si las tocas con malsana intención, te hago cien pedazos!
- ¡A ver si resulta que eres un beato!
-¡Ni beato ni nada! Pero ese Niño que ves ahí tan pequeño tiene un vital significado para mí. Cuando nació, le llegó al hombre por él, una luz interior que no es capaz de apagar ningún vendaval. ¿Y tú quieres profanarlo?
¿Es que no te emocionaste nunca, siendo niño, al hacer el “Belén” en tu casa?
Yo no puedo olvidar la alegría que inundaba mi vida, de pequeño, cuando llegaba la Navidad. Entonces, que era inocente y bueno, vivía la paz y la dulzura de estas fiestas entrañables, y me sentía feliz. Luego dirigí mis pasos por malos caminos, y ya no llegaba a mí el mensaje de la Navidad. Ahora quiero ser un hombre, al menos honrado, y otra vez la paloma de la paz navideña, se ha posado en mi corazón, que ya está un tanto acorchado. En estos momentos me acaricia una renovada esperanza, que me trae la dulzura de esta Noche Buena.
El ”Bizco” interrumpió a Chema:
-Esto de la Navidad es una tontería.
También lo será el que tú celebres tu aniversario.
- Yo no lo celebro nunca. ¡Casi no sé en el día en que vivo!
-Pues es buena costumbre, detenerse a pensar en el día en que nacimos, de cada año que pasa, para descubrir aquello que hay dentro de nosotros y a reflexionar sobre lo que nos espera.
-Yo sólo aspiro a ir viviendo de “golpe” en “golpe”.
-Pues yo, en esta noche que me recuerda la Navidad de todos los años, pongo toda mi esperanza en este Niño que nació en la primera Navidad. ¡Que El colme mi vida de paz y de amor!
-Ahora resulta que también cree en Dios.¡Cuando yo digo que me endilgará un sermón!
-Y ¿tú, no? Sí, yo creo en Dios. Es lo que más estimo de cuanto poseo. Si me quitan la fe, no sé andar por la vida. Yo fui ladrón, pero no abandoné mi fe. Robaba por necesidad, cuando no tenía recursos para el sustento de mis hijos, pero respeté siempre a las personas, cuya vida es inviolable.
-La sociedad es una basura.
-Ya sé que hay quien cae muy bajo, pero, ¿no crees que tú y yo estamos a ras del suelo?
- Bueno, mira, no me metas el rollo. Veo que no se puede contar contigo, y como vienen “ los iguales”, me las piro, amigo.
Efectivamente, cuando entraban en la Plaza una pareja de policías, el “Bizco” desapareció por la primera bocacalle. En cambio Chema se quedó contemplando el “Belén”, al que se acercaban muchas personas, mientras se frotaban las manos por el frío, ya que la nieve había hecho acto de presencia en la ciudad. Luego se marchó a casa para celebrar la Navidad con la familia.
Aquella noche, no logró borrar de la memoria el incidente, pensando que se había arriesgado demasiado. Y fue pasando por su mente la película de su vida, cuyos fallos quedaban superados afortunadamente para él. Pero le llenó de tristeza el recuerdo de sus pasos vacilantes, por un camino salpicado de iniquidad. No podía olvidar aquel desafortunado encuentro, ni la persona del delincuente, que le inspiraba honda compasión.
Pero a nadie contó lo que le había ocurrido aquella Noche Buena, porque en el fondo no era lo suficiente humilde, como para mostrar sus “trapos sucios “ que, con un color u otro, acompañan a todo hombre.
Chema se quedó pensando: “Definitivamente el destino ha sido amable conmigo, porque me ha permitido abandonar un camino empedrado de caídas
grandes y repetidas, ocultas por un rostro hipócrita y falseado”.
Al día siguiente, Chema se enteró por un diario local, de que “el Bizco”
había sido detenido, cuando robaba en un céntrica joyería.
La noticia, le impulsaba a estimar más, cada día, la vida y la honradez.
Y pasó mucho tiempo sin poder olvidar aquella noche de Navidad, ni el incidente que vivió con aquel muchacho, del que se compadecía, porque lo veía cómo se deslizaba por la cuesta peligrosa de la delincuencia.
Habían pasado meses y hasta años, sin que Chema volviera a ver al “Bizco” por ninguna parte; sin embargo, su nombre aparecía con tanta frecuencia en las páginas de los periódicos, que ya era conocido por todas las capas sociales. Y así pasaba su vida, entrando en la cárcel y saliendo de ella cada semana. Pero sucedió, que un día, entró en una casa para robar, en la que había una chica joven como él, a la que exigió el dinero que tuviera en casa. Ella le recibió con una gran serenidad, y sin apenas levantar la voz le dijo:
- Yo no tengo dinero para que tú te lo gastes alegremente; pero si lo necesitas de verdad, yo te puedo ayudar en tus necesidades. ¿Tienes hambre? -¡Sí, tengo mucha hambre!- contestó el muchacho.
-Pues siéntate a esta mesa, que te voy a poner para que comas.
Al momento, la chica le preparó unos buenos bocadillos de fiambre y queso con un vaso de vino, que él consumió con apetito.
Cuando terminó de comer aquello, el muchacho experimentó un sentimiento de gratitud hacia la persona que tenía delante. Por primera vez en su vida sentía dentro de él, agradecimiento por lo que recibía. Se encontraba a sí mismo desconocido, y le salió del alma esa palabra que siempre llega a los corazones: “gracias”.
Ella le dijo:
-¿Has quitado el hambre, o quieres otro bocadillo? El contestó:
-No, he quedado satisfecho.
Sin embargo, la chica le sirvió fruta en una bandeja, y él comió de ella. En aquella situación tan delicada, se dirigió al muchacho de este modo:
-Yo, sólo tengo lo suficiente para vivir, pero estoy dispuesta a ayudarte en lo que pueda. ¿No tienes trabajo?.
-No, no tengo trabajo; en realidad, no lo he buscado nunca, ni lo busco. Parece que me domina el coger, más que el tener. Sin embargo, ahora me estoy dando cuenta que camino por trochas escabrosas por las que voy dejando jirones de mi vida. Estoy seguro que me estoy destrozando.
- ¿Porqué no trabajas?.-, le preguntó ella.
-¿Dónde encuentro yo el trabajo y cómo me acostumbro a trabajar?
- Quizá yo pueda hacer algo por ti. Si tú estas dispuesto a trabajar, yo haré lo posible porque tú salgas de esa situación. Pero tienes que animarte mucho para superar tanto abandono de ti mismo, y recuperar, aunque sólo sea un puntito de esperanza. Lo primero que tienes que hacer es tratar de ser un hombre, porque ahora, y te lo digo con amabilidad, sólo eres una piltrafa.
-Me estás diciendo cosas muy fuertes, pero no las rechazo porque entiendo que son verdaderas, y sé que me las dices para mi propio bien, y que estás tratando de sostener lo que amenaza derrumbarse. De lo contrario, te hubiera destrozado. Te confieso que me encuentro avergonzado, porque aparece delante de mis ojos un cúmulo de cosas inconfesables, que me llenan de confusión. Pero tu bondad y comprensión han sabido poner sobre la desolación de mi vida, la fe y la esperanza en mi mismo, y un deseo grande de rehabilitación. Por eso, te estoy tan agradecido, que haría gustoso todo lo que me pidieras.
- Pues lo primero que te pido es que te convenzas a ti mismo de que ha terminado definitivamente la historia que has vivido hasta este momento. Que no es un punto y seguido, ni un punto y aparte; que es el punto final. Tienes que abandonar el mundo, y los caminos recorridos, para empezar una etapa nueva. Y para ello, hay que buscar un trabajo que, además de ser una fuente de satisfacciones para ti, te ayude a realizarte como persona, haciendo de ti un hombre serio y honrado, que dé prestigio a la propia sociedad. Esto es lo más importante para la solución de tu vida. Pero, no te vendrá solo. Tendrás que conquistarlo con tu esfuerzo, que no debes escatimar, porque será la conquista de tu liberación. Sé que requiere mucho sacrificio, tenacidad y constancia, pero lo que te juegas es muy grande. El socavón en el que estás metido, requiere una valentía de héroe para salir de él. Y ya, después de esta parrafada mía, que sólo son una serie de sugerencias y reflexiones para tu vida, espero una palabra tuya, de respuesta a todo cuanto te he hablado.
-Lo que quiero decirte es que estoy conmovido por todo lo que me has dicho. Que me has dado a participar de unos valores, que ya quisiera yo llegara a conseguir. Si me permites un requiebro, te diré que eres encantadora.
-Y yo te diré a ti que eres un terrón, duro como una piedra, al que no ha llegado la lluvia de la solidaridad, para que te convirtiera en tierra blanda, que diera frutos amables.
-Sin embargo, quiero que sepas que has conseguido remover todo mi interior, y que estoy dispuesto a sacar de lo más hondo mío, las fuerzas necesarias para regenerarme. Haré lo que sea necesario para conseguir mi propia libertad interior.
La comprensión había hecho posible el entendimiento entre los dos. A partir de este momento cada uno dio a conocer al otro su nombre. El se llamaba Tomás y ella Elena. Tomás se despidió amablemente, y marchándose sonriente, le dijo a Elena: “me alegra mucho haberte conocido”. Pero antes quiso enterarse, dónde trabajaba ella, para salir a su encuentro y que le siguiera aconsejando, porque Elena era para él en aquel momento, su tabla salvadora.
El primer día en que se vieron, se llenaron de gran alegría. Y después de comentar las circunstancias que vivieron el día en que se conocieron, Tomás explicó a Elena que había ido a inscribirse en el Inem, con el deseo de obtener un trabajo. Además pensaba reanudar sus estudios que, en mala hora había abandonado. Por su parte Elena le dio la noticia a Tomás, que en la editorial en la que ella trabajaba había una plaza vacante, y le aconsejaba que la solicitase. Elena era muy conocida y apreciada por la Dirección de la empresa y desde el primer momento tuvo la esperanza conseguir un empleo para Tomás, que sería la solución de sus problemas más acuciantes y la iniciación de un camino que le llevara a su posible rehabilitación.
Elena puso toda la carne en el asador, hasta lograr para Tomás la adjudicación de la plaza, lo que consiguió a costa de responder de la conducta del muchacho.
A partir de este momento, se precipitaron os acontecimientos: Tomás empezó a desarrollar su trabajo en el almacén de la Editorial, colocando ordenadamente los libros, tarea que le resultaba grata y bienhechora. Tuvo que hacer grandes sacrificios para arrancar de su vida tantas hierbas malsanas como crecían en ella, a la vez que iba recuperando las buenas costumbres, en sus relaciones con los demás, especialmente con Elena, a la que dispensaba un trato exquisito.
Elena por su parte, estaba gozosa, porque se daba cuenta de que había conseguido intuir y alumbrar, unos valores que permanecían escondidos en el espíritu de aquel muchacho.
Los dos se veían diariamente, se comprendían e iban forjando una sana amistad. A los labios de Tomás volvió la sonrisa, el amor a la vida y las ganas de vivir, con lo que se tornó en una persona amable.
Ambos terminaron enamorándose y determinaron casarse en la intimidad de un Santuario, porque Tomás no quería alardear de buena persona él que había dado tan malos ejemplos.
Y los dos unidos y compenetrados, iniciaron el camino del matrimonio dispuestos a darse todo su amor y a compartirlo con los demás.

lunes, 1 de enero de 2007

El poema del rey

Había una vez, en un país oriental, un rey poeta, a cuya mente asaltaban las metáforas, día y noche. Un día se fue al campo en busca de la musa para que le inspirase el poema de su vida. Para sentirse más bohemio, se vistió de juglar y se adentró en un bosque. Allí experimentó hambre y sed; él se dijo: "creo que soy un hombre deseo". Entonces interiorizó su mirada, porque quería ver lo que guardaba dentro de su corazón. Se recreó con calma en su paisaje interior, mientras captaba cuanto había en su entorno y regresó a Palacio. Aquella noche compuso este poema:
“Los ojos me lloran penas/ cuando agoniza la tarde;/ tengo una espina clavada/ y no me la quita nadie./
¿Dónde está el sol, que la noche/ no me deja ver la nave,/ teniéndome prisionero/ los cerrojos de mi cárcel?.”
Hasta aquí llegó su inspiración, no siendo capaz de continuar. El rey se quedó consternado por todo aquello que contenía el vaso de su vida. Le quitaban la tranquilidad aquellos interrogantes, para los que no tenía respuesta. Y vivió días preocupantes y noches sin sueo, pero no consiguió continuar ni terminar el poema. Sin embargo, logró algo tan importante como descubrir su limitación.
Sucedió que lo que no pudo conseguir como poeta, intentó alcanzarlo como rey. Así pues, llamó a su primer ministro, que se presentó en Palacio, y le dijo:

Esta noche he compuesto un poema pero no lo he podido terminar, espero de ti, que eres mi fiel servidor me prestes el servicio de terminarlo.
Pero el primer ministro contestó al rey:
Majestad, podéis pedirme la sangre de mis venas, y os la daré, pero no sé componer ni un solo verso, por lo que no puedo terminar vuestro poema, ni aun tampoco podría comenzar otro.
Pues busca entre los poetas de mi reino quien termine el poema.
Lo haré, señor.
El primer ministro nombró una comisión de buscadores, que recorrió todo el país, pero no consiguió encontrar un solo poeta que completara el poema del rey.
El monarca se afligió mucho, no sólo por ver su poema incompleto, sino por saber que en su pueblo no había poetas inspirados.
El primer ministro, que vio a su rey sumido en la tristeza, quiso sacarle de aquella situación, y le dijo:
Majestad, yo creo que en vuestro reino hay muchos y grandes poetas, pero creen que es una osadía inaudita querer colocarse a la altura de su rey. Sin embargo, pienso que este asunto se arregla tan pronto como os caséis, porque al poema le falta su complemento, como al rey.
Ya lo he pensado yo contestó el rey.
El primer ministro se fue muy ufano porque creía haber hecho a Su Majestad el mejor de los servicios.

Un día, inolvidable para él, cabalgaba el rey en su caballo blanco acompañado por su perro negro. El caballo se llamaba "Palomo", y el perro "Marqués". Iban por un campo de encinas, acespedado, suave y apacible. Caminaba despacio, nutriéndose del sosiego y del paisaje. De pronto percibió algo misterioso y halagador: una canción lejana, envuelta en una dulce voz. El rey detuvo su caballo y escuchó:
“Yo quiero ahuyentar tus penas/ con el viento de mi talle,/y llevar tu espina mala/ hasta el fondo de los mares;/
Ser antorcha, ser paloma/ de luz que surca tus calles,/ y carcelera que abra/ tus candados con su llave”.
"¡Vaya!, se dijo el rey; por fin hay un poeta en mi país que ha completado mi poema". Y se sintió orgulloso de ser el rey de un pueblo culto.
Encaminó sus pasos hacia el sonido que había llegado a sus oídos, anhelando conocer al poeta afortunado, para pagarle como merecía e invitarle a la Corte. Anduvo bastante tiempo por aquel ancho campo sin descubrir nada. Y siguió andando y andando, sin hallar al autor de la voz.
Por fin, a lo lejos, en una romántica vaguada vislumbro la policromía de unos bultos que surgían como si brotaran de la tierra. Se fue acercando, cauteloso e impaciente, siguiendo el susurro de la voz que lo atraía de modo irresistible. La canción llenaba de entusiasmo su corazón de poeta, mientras los versos resonaban en el valle: ”Yo quiero ahuyentar tus penas/ con el viento de mi talle/ ...”
"Palomo" se lanzó a un galope alegre, siguiendo la ruta marcada por "Marqués". Aquello que el rey había visto a lo lejos, iba aumentando de tamaño, hasta convertirse en una radiante pavera, rodeada de una mansísima pavada. El rey quedó deslumbrado ante la belleza y la gracia de la doncella, mientras se apeaba del caballo.

Hola, paverita saludo el rey.
Hola majestad, -contestó la pavera.
El rey discurría si aquella joven, además de mujer y de pavera, sería poeta; por eso le preguntó:
¿Es tuyo el poema que has cantado?.
Ya es tuyo, porque lo he compuesto para ti contestó ella.
Tu gesto me halaga; será complemento del poema del rey y lo conocerá todo el mundo.
Ella bajó la cabeza y se le encendieron las mejillas.
El rey se le acercó, le tomó la mano y le preguntó:
¿Crees tú que puedes ser el complemento de mi vida?
Si tú quieres, sí.
¿Por qué lo crees?
Porque los dos poemas encajan y forman una unidad; así pues, no son dos sino uno solo explicó la pavera.
Entonces dijo el rey:
Esta respuesta es digna de una reina. Pues lo seréis. Os invito a que me acompañéis a Palacio y a que os caséis conmigo.
Acepto la invitación dijo ella.
El rey, con soltura y suma habilidad saltó a la silla de su caballo; luego ofreció el estribo y sus propias manos a su prometida, que subió a la grupa como en volandas; y cabalgando precedidos por el perro y seguidos por la pavada, se encaminaron a Palacio.

El recorrido fue un verdadero homenaje al Señor de la Vida y autor de la Naturaleza, porque a Él se debía aquella realidad de amor que estaban viviendo, para satisfacción de sus más grandes anhelos. Realidad que se vertía en cada uno de los ciudadanos de su reino.
Y ya en el Palacio Real, celebraron las bodas, que tuvieron inusitado esplendor y extraordinaria resonancia en todo el país.
Los pavos, que sacrificaron su vida gustosos por su ama y pavera, hicieron las delicias del paladar de los distinguidos comensales. Asistieron al banquete reyes y paveros de todos los países del mundo, y se sabe que la bellísima reina pavera, recordando a su amable pavada, tuvo numerosos "paveritos" y una acendrada solicitud por todos sus súbditos.

Feliz esperanza

I

Tenía dieciocho años y estaba convencido de que había nacido para dominar toros. Lo llevaba en la sangre. Lo sentía dentro. Por eso convoqué a la familia en el cobertizo de la casa y le di cuenta de la decisión que tomaba, después de madurarla mucho tiempo.
-Me voy a la dehesa de Las Colinas con los toros. Me gusta el “ganao”, padre. Aquí os dejo a vosotros, que sois los míos, labrando esta tierra nuestra a la que queremos como a una madre, aunque algunas veces sea madrastra.
Todos los de la casa me rodeaban, y estaban asustados, porque barruntaban ese mundo fascinante al que me acercaba, que forma la frontera entre la vida y la muerte.
Mi padre me dijo con toda seriedad:
-Es muy expuesto, hijo, siempre estaremos sobresaltados!
-Me gusta el riesgo, padre, porque está hecho de emoción y grandeza. Presiento que entre una y otra cosa se encuentra mi vocación. Tranquilizaos! Estaré con los ojos muy abiertos. Me llevo a Encinosa conmigo, este pueblo mío que siempre será inseparable de mí. También os llevo a vosotros en el corazón, porque os quiero. He de conocer el toro de nuestras dehesas, al que se lidia en las plazas, adonde se da cita las grandes emociones y las grandes tragedias. Seré mayoral. Alcanzaré la gloria o tal vez la muerte. Pero no podemos guardar la vida para nosotros, porque solo vale para entregarla en una de las muchas formas de hacerlo.
Yo tenía hecho el corazón de tierra arenosa: el agua del amor lo ablandaba en extremo, y el sol de la prueba lo endurecía al máximo. Por eso se conmovió al sentirse arrancado de la familia, en el momento en que mi madre me besaba y se despedía con lágrimas. Pero todos vieron cómo pude vencer los sentimientos y marchar resuelto, siguiendo la fuerza del destino.

II

Todo el camino fui pensando en lo conocido que dejaba y en lo desconocido que trataba de descubrir. Me daba cuenta de que lo que me esperaba, era justamente el misterio de la vida a lo que siempre se enfrenta el hombre. Todos dejamos atrás nuestras vivencias de cada día para enfrentarnos con lo que nos está esperando detrás de la esquina del mañana.
Noté que caminaba gozoso. Tenía la dehesa al alcance de la mano, con todas las cosas que hay en ella. Me fascinaba pensar en las tareas que allí se desarrollan, incluso la del mayoral, que intenta conseguir un toro de casta, trapío y bravura que dé fiesta en la plaza.
Yo quería descubrir todos los secretos de la dehesa, para llegar a conocer al toro. Aspiraba a saber cómo reaccionaba en un momento o en otro, para yo adelantarme con mi respuesta.
Caminaba sólo por el camino. A un lado y al otro, los cercados poblados de encinas recias, en un día deleitoso y apacible, ponían en mis pupilas el azul y el verde de la vida: un mensaje de esperanza en todas las cosas, y de fe en mí mismo.


III

-Buenos días, amo. Aquí estoy para ponerme a su servicio- le dije al ganadero a la puerta de su casa.
El contestó:
-Bien, ¿y qué servicios me ofreces, muchacho?
-Los de mayoral.

- ¿Te encuentras con valor, talento y tacto para ese trabajo? ¡Piensa que es la tarea reina de la dehesa!.
-Si, amo, todo eso lo vengo cultivando cada día en mi mente, y le prometo que trataré de alcanzar el nivel de preparación que se me pide.
-De acuerdo, Esteban. Luego te presentare a Doro, el mayoral que se jubila, para que te ponga al corriente de todo, en tu cometido hasta que te hagas cargo de la torada.
El ganadero me mostró parte de la dehesa, haciendo un recorrido por las cercanías de la casa. Visitamos el cercado de las vacas paridas, que estaban bebiendo en la ya mermada charca. Las madres, con buenas carnes, lucían una capa lustrosa, y los retozones becerros se encaraban con nosotros, desafiantes con la cabeza alta. Yo me quedé mirando aquellos chotos, y pensaba que tal vez un día formaran parte de mis inquietudes profesionales.


IV

La figura del mayoral me impresionó por su austeridad. Revelaba las muchas fatigas y emociones vividas. Le salían al rostro los vientos y los soles que le habían curtidos su piel. Hombre parquísimo en palabras, aunque amable: alto, seco de cuerpo y de aspecto cansado.
Me llevó al cercado de los toros, que estaba un tanto aislado. Ambos lo recorrimos a caballo. Era mi primera emoción. El me iba hablando, no mucho, pero cuando los hacía me dirigía palabras muy pensadas y de gran contenido. Yo escuchaba atento, en silencio, sintiendo dentro de mi todo lo que entraba por mis sentidos, que eran muchas cosas a la vez.
Aunque había montado muchas veces a caballo, comprendía mi torpeza, y que necesitaba adquirir la experiencia necesaria para manejar con soltura animal tan fiel.

“ El caballo- me decía el anciano, - debe estar hecho al mayoral y el mayoral al caballo. En el trabajo con los toros, los dos deben pensar, sentir y querer al unísono; es decir, ambos deben tener una sola voluntad.
Al caballo se debe llevar con sabiduría y dominio, pero siempre respetando su natural manera de moverse. A los toros siempre nos debemos acercar con ojos vigilantes, porque nunca sabemos dónde puede surgir el peligro”.
Cuando decía esto, avistamos los toros. Estaban quietos, pastando en la pradera. Aparecían tranquilos y mansos como corderos de rebaño. Los contemplamos de lejos, mientras él seguía hablando.” El toro bravo es el animal más noble que conozco, pero la muerte va con él. En él se encuentran vida a raudales y emoción infinita. Cuando está solo con el hombre enfrente, se defiende con todas sus fuerzas, y para no morir, mata. Es el instinto de defensa que acompaña a todo ser viviente. En su campo y en su casa, que son la dehesa y el cercado, el toro se mueve por querencias. La primera es la del grupo, la torada que llamamos nosotros, porque ellos se conocen, se respetan y se quieren. Aunque se peleen entre ellos, permanecen unidos. Si viniera un extraño, por muy fuerte que fuera, se unirían todos para defenderse y reducirlo. La querencia más dominadora es el pastizal o bien el comedero donde el animal se nutre y de donde no es fácil arrancarlo mientras no quite el hambre. Otra querencia es la charca, que lo llama imperiosamente cuando la sed hace presa dentro de él. También lo atrae la majada lugar de la dormición y el descanso”.
Nos dirigimos a los toros, que a mí me iban infundiendo más respeto a medida que nos acercamos. Mientras los observamos, Doro me explicó cuanto se le ocurrió sobre ellos, que fueron muchas cosas provechosas para mi. Al caer la tarde volvimos a casa.


V


Por aquellos días viví un feliz acontecimiento que fue decisivo para mí; el conocimiento de Rosana, la muchacha que llegaría a ser mi mujer. El hecho sucedió en la romería del Cristo de Cabrera, tierra emblemática de encinas robustas, vigilantes de la suave pradera. Lugar lleno de paz silenciosa. Allí está el Cristo Milagroso en su vieja ermita, en medio de aquel campo evocador que llega al alma como susurro eterno.
Allí conocí a Rosana. Todo fue rápido porque tenía las ideas lúcidas que señalaban claramente el rumbo de mi vida. Rosana me gustó. Vi que llenaba las apetencias de mi corazón. Había surgido entre los dos el amor que nos iba a unir para siempre.
Dialogamos juntos por un sendero esperanzador.
- Rosa, ¿quieres venirte conmigo a la dehesa?
- ¿Para siempre?
- Sí, conmigo para siempre.
- Tonto, no me caes mal, pero eso de para siempre, hay que pensarlo mucho.
- Pues ya lo puedes ir pensando, porque quiero que te cases conmigo.
Rosana inclinó la cabeza y no contestó. Los dos vimos claro el camino que se abría ante nosotros para que lo recorriéramos juntos. Ya desde entonces, nuestras vidas se fueron acercando un poco más cada día. Luego nos casamos. Esto fue, andando el tiempo, otro día en la misma ermita, a los pies del Cristo, donde nos unimos en matrimonio.
Desde entonces, serían las dos pasiones de mi vida: el amor a Rosana y mi vocación de mayoral. El toro significaba mi trabajo, mi brega, mi dedicación; Rosana, mi apoyo, mi refugio, mi totalidad: porque ella era todo lo que a mi me faltaba. Así alternaban Rosana y la casa donde se daban las grandes vivencias sentimentales, con el cercado y los toros, escenario de mis desvelos y aspiraciones, al lado de Doro, el maestro y viejo mayoral.




VI

Estábamos reunidos junto a la torada. Eramos un grupo de tres hombres y cada uno montaba su caballo: el ganadero y los dos mayorales. El amo quiere dar solemnidad al acto con su presencia y lo comienza así:
- Bueno, ustedes tienen la palabra.
- Si, por mi parte misión cumplida- dijo Doro-; tengo que decirle a usted, amo, que dejo los toros con un buen mayoral. Estoy seguro de que está más capacitado que yo. Conoce los toros no solo por su nombre, sino por dentro y por fuera, con las peculiaridades de cada uno. Llegará a ser un gran maestro en el oficio y conseguirá corridas que den fama y prestigio a la ganadería.
- Pare el carro, Doro, que se está pasando en los elogios que me hace-, le dije yo. Se los perdono porque esos son los méritos que a usted le acompañan y que usted me ha transmitido. Yo soy un hombre normal, con buena voluntad, nada más.
- Bueno, amo, yo le doy la alternativa.
- Y yo soy testigo- rubricó el ganadero.
De esta forma, me hice cargo de la torada y quedé confirmado mayoral de la ganadería de Las colinas.


VII

Un día cuando llegué a casa, con algún retraso sobre la hora habitual me recibió Rosana con estas palabras:
- Se me van a secar los ojos de tanto mirar el camino, esperándote cada día, con la mesa puesta, a mediodía o por la noche, hasta que te veo llegar!.

- Pero se tornan tiernos y húmedos por la emoción cuando estoy contigo, porque sabes que te quiero. No sé porqué me parece que guardas algún secreto dentro de ti, que te cuesta desvelar. Quizá por eso te impacientes esperándome.
- ¡Quizá, quizá!
- A ver, pues ¿de qué se trata?
- Habrá que esperar, Esteban. ¡Ten paciencia!
- Bueno, Rosa, la tendré. ¡Ojalá se confirme lo que pienso!
Cenamos, nos acostamos y antes de visitarnos el sueño, Rosa me preguntó:
- ¿Qué tal los toros? ¿Te dan muchos problemas ?
- Tengo buenos toros. Es una torada que promete mucho.
Y como si los estuviera viendo en su salsa por las orillas del cercado, le iba explicando a Rosana:
- Es curioso, cada uno es distinto a los demás y es diferente su comportamiento. Yo me acerco mucho a ellos. Los observo despacio. Parece como si leyera en su mirada lo que piensan y descubro por sus gestos lo que quieren. Ellos me conocen, saben que convivo con la manada y me aceptan y obedecen. Se someten, porque están convencidos de que soy el que mando.

VIII


Tenía dos auxiliares para que me ayudaran en el trabajo: la yegua “Rubia” y el perro “Chispa”. Una y otro eran como mis pies y mis manos que me permitían llegar a los toros y dominarlos. “Rubia” era una yegua dócil, que siempre obedecía sin la menor resistencia y de buen grado. Astuta y rápida sabía anticiparse en los momentos de peligro, burlando cualquier acometida de los toros. La acompañaba tal mansedumbre, que podía montarla un niño de diez años, y tenía tal prestancia que era reconocida en la comarca como un animal de belleza excepcional. Su gran domesticidad la enseó a comportarse de forma adecuada en cada momento. Yo tenía puesto mi corazón y mi confianza en aquella yegua cuyo color rivalizaba con el oro.
El animal, sin duda más pequeño de aquella industria ganadera era “Chispa”, el perro que también se hacía acreedor a mis afectos. “Chispa rebosaba inteligencia por los ojos. Una simple mirada mía era comprendida por el perro, que obedecía a la menor indicación. Siempre estaba atento y dispuesto a dar sus servicios al momento. La yegua y el perro eran los dos animales más cercanos a mí y los que más satisfacciones me proporcionaban.


IX

En la manada había un toro que me llamó la atención desde el primer momento. Se llamaba “Amoroso” y era negro con lunares blancos. Un animal hermosísimo que tendía a pasar desapercibido, pero que a mí me llenaba de entusiasmo el contemplarlo. Tenía un comportamiento ejemplar, una mirada dulce y tranquila como si poseyera una extraa calma. Enseguida me prendé del toro y lo miré con mis mejores ojos. Lo observé detenidamente. Estudié sus movimientos y sus reacciones, y traté de acercarme e él prudentemente, hablándole de frente para que fuera conociendo mi voz: “Amoroso”, ¡vuelve !, ¡hala!, ¡marcha!. El toro, sumiso, fue aprendiendo a obedecer sin vacilar ni hacer gestos de protesta. Era el que sobresalía por su nobleza y docilidad, cualidades que con su belleza se ganaron mi celo e hicieron que fuera el toro de mi debilidad; pues contrastaba con los remolones que se resistían a abandonar su querencia, cuando trataba de trasladarlos a otras zonas del cercado.

También había otro toro, sumamente rebelde y peligroso: se llamaba “Bragao”. Nunca obedecía, ni seguía al grupo sin antes menear la cabeza y encararse, dirigiéndome una mirada turbia. ”Rubia” siempre se acercaba a él con mucha precaución, porque presentía su arrancada de un momento a otro.


X

Un día en la sobremesa, tuve esta conversación con Rosana:
- Quiero describirte a “Amoroso”, ese torito que me ha sorbido el seso, porque en verdad, su bondad y belleza supera toda ponderación. Te aseguro que tiene la majestad de una noche estrellada, pues su capa, negra, fina y brillante como el azabache, está moteada con pequeos puntos de luz. Toda su figura rebosa armonía: cabeza proporcionada con cuerna bien puesta y pitones afilados, abundante y apretado morrillo, testuz poderosa con frente despejada, ojos suaves y bezo gracioso; pescuezo amplio y hoyo de agujas bien marcado; lomo largo, liso y limpio, largos y surcados costillares, ancas musculosas, patas ligeras, pezuñas pequeñas y rabo largo y solemne, con cola abundosa de duras cerdas rizadas. Este es el toro de mis sueños y de mis desvelos, que hoy por cierto, me tiene angustiado.
- Bueno Esteban, ¡no será para tanto!. Ya sé lo que significan para ti los toros, y sobre todo ese, que es tu amigo. Sin embargo, no se trata de mí, ni de nadie de la familia para que así te preocupes por ellos de esa manera.
- Rosa, los toros forman parte de mi vida, aunque sean toros. Yo les doy de lo que tengo dentro de mí, y ellos me comunican lo que han recibido de la Naturaleza.
- En resumen, marido, dime lo que pasa con “Amoroso “.

- Pues que está cojo de las dos patas traseras. Apenas puede andar. Mucho me temo que sea una especie de baldamiento. Lo vi cojear ligeramente hace dos días, pero hoy ha empeorado. Tiene agarrotadas las últimas articulaciones de las patas. He de avisar al amo y llamar al veterinario. Quizá necesitemos al lazareto para curarlo, en cuyo caso voy a tener trabajo.


XI

“Al toro lo veo muy mal y no sé si habrá posibilidad de recuperación. Es un ataque reumático localizado en los corvejones y tan fuerte que le paraliza la última articulación de la pata como también la pezuña, por lo que no puede asentarla. Esa es la causa de que no se sostenga de la parte trasera y de que se hunda. Trataremos de hacer una receta. Quiera Dios que sean eficaces las inyecciones que le vamos a poner”.
Esto es lo que nos dijo al amo y a mí el veterinario, cuando observó a ”Amoroso “ en el lazareto adonde lo llevamos casi a rastras, con la ayuda de los cabestros. Desde entonces lo voy a ver y lo cuido dos veces al día, y no soporto la pena cuando lo veo sufrir, impotente para ponerse en pie.
Pero cuento con una nueva y singular experiencia. He descubierto cómo el toro puede llegar a conocer de verdad a su cuidador y sentir afecto por esa persona. Cuando me ve entrar, mueve la penca varias veces así como las orejas, mirándome con ansiedad. Acepta con gusto de mi propia mano, el pienso de que se alimenta y el agua que le doy a diario. Le cubro toda la parte enferma con una manta caliente y de alguna manera me da a conocer que siente alivio. Está contento cuando acaricio su lustroso lomo, y hasta toma de mi propia mano una zanahoria que le doy como exquisita golosina para él.





XII

Durante el tiempo que permaneció el toro en su enfermería, tuvo todos mis cuidados. Era mi mayor preocupación. Me asustaba pensar que se malograra. Para evitarlo, me esforzaba al máximo en atenderle. Todos mis desvelos me parecen pocos, para tratar de conseguir su recuperación. Notaba, cada día, cómo se desmejoraba, perdiendo carnes, mientras la enfermedad no evolucionaba, ni experimentaba una mínima mejoría.
Siempre que volvía a casa, Rosana me preguntaba por amoroso. Un día me dijo:
- Te veo preocupado, Esteban, ¿qué pasa?.
- Hoy he visto al toro muy mal; he intentado estimularle con la comida para que se levantara. Le decía: ¡hala! , “Amoroso”, ¡levanta! ¡Venga!, ¡arriba! Intentó levantarse mediante un gran esfuerzo, pero volvió a desplomarse sobre el suelo. Me quedé muy triste. No sabes lo que se siente cuando no puedes hacer nada por él, viéndole sufrir tanto. Ahora es un animal manso que se deja acariciar por todas partes, lo cual le halaga. Yo quiero darle cariño para testimoniarle la gran predilección que siento por él.


XIII

Una mañana, al observar la manada noté que faltaba un toro. Era “Bragao” el rebelde que, como siempre amagaba protestando, se hacía acreedor a mi rechazo. Inspeccioné el cercado pero no lo vi por ninguna parte. Enseguida pensé que había saltado la cerca y me asusté por el peligro que entraña un toro desmandado.

Quise poner en conocimiento del amo que “Bragao” se había escapado, pero en aquel momento recibía un aviso de que por las lindes del barbecho andaba un toro suelto y que estaba el pueblo invadido por el terror. Pedí ayuda a mi ayudante que me acompañó. Rápidamente recogimos los cabestros y con ellos nos dirigimos al lugar en que había sido visto. Cuando lo encontramos ya estaba en las proximidades del pueblo, en cuyas casas se había encerrado la gente presa del pánico.
No fue fácil llevar al torito aquel al cercado; al contrario, llegamos a pasar por trances muy apurados. Rubia y yo tuvimos que andar rápidos para esquivar las arrancadas del toro hacia nosotros. Afortunadamente los cabestros lo rodearon, le dieron varios empellones de cuidado, y ya, deponiendo sus fueros, entró en el cercado como un cordero. Desde entonces, siempre que me acercaba a la torada, él me miraba desafiante. Yo lo tenía como la oveja negra de la manada, y deseaba que se lo llevaran en la primera corrida. Esto fue algo que conseguí pronto, pues una semana después, “Bragao” fue lidiado, estoqueado y muerto en una plaza de toros de España.


XIV

- Esteban ¡qué buen aspecto tienes esta mañana !- me dijo Rosana mientras me servía el desayuno.
- Como el día, que ha amanecido radiante. Tú eres la que de verdad estás atractiva. Justo como yo te soñé. Cada día te encuentro más hermosa y admirable como mujer, y más madura y ejemplar como ama de casa- le contesté.
- Eso quiere decir que sigues enamorado de mí, y que también eres más hombre. Eso es lo más agradable que nos podía suceder.
- Tú, Rosa si que eres lo mejor de mi vida, porque en ti encuentran descanso todos mis trabajos y apoyo, mis aspiraciones y mis sueños.

- Bueno, no te emociones demasiado y dime cómo va el asunto de esos dos toritos que te han hecho sufrir estos días.
- “Bragao” una vez reducido de su escapada y traído al orden, ha vuelto a la normalidad. “Amoroso” sigue igual. Tiene una gran voluntad y hace lo posible por levantarse pero le es imposible. Creo que tendremos que matarlo para que no sufra. Hoy espero al veterinario y será decisiva su opinión.
- Tú eres el que lo estás pasando mal y esto es lo que me entristece. ¡Ten confianza ! Ya verás cómo se curará totalmente.
- Yo lo veo imposible, sería algo milagroso.
- Aunque solo sea por los desvelos y sufrimientos tuyos se ha de poner bueno- concluyó Rosana.


XV

El día siguiente amaneció en mi vida, esperanzador. No sé si fueron los buenos deseos de mi mujer, el acierto de veterinario, mi esfuerzo, o quizá todo a la vez, lo que logró mejorar a “Amoroso”. Era la gran sorpresa. Cuando llegamos el veterinario y yo al lazareto, el toro estaba en pie, aunque vimos que se echó enseguida. Yo no pude ocultar una sensación de alegría. Tampoco el facultativo logró disimular su asombro.
- Empiezo a creer que ha pasado la crisis de la enfermedad y que se aproxima la recuperación. Le pondremos otra inyección y seguiremos dándole calor. Ahora espero que mejore de prisa. Veo que ha desaparecido la hinchazón de los corvejones. Así recobrará la movilidad de la articulación, asentará la pezuña y se mantendrá en pie. Fue lo que explicó el veterinario.

En efecto, en los días siguientes evolucionó de forma favorable. “Amoroso” tenía otro aspecto; respiraba con más tranquilidad, se levantaba más fácilmente y resistía más tiempo en pie. A mi se me abrieron todas las ventanas de la esperanza y volví a ver con optimismo el porvenir del toro de mi predilección.


XVI

Gozosamente “Amoroso” estaba recuperado. Todo se convirtió en algo pasado. Sin embargo el tiempo que estuvo enfermo dejó una imborrable huella en mi vida, experiencia que no se borraría nunca. Fue la relación mía con el toro que yo llamo amistad, porque llegamos a conocernos y a comunicarnos. El me consideraba su bienhechor, que saciaba su hambre y su sed a la vez que curaba sus dolencias. Podíamos estar el uno junto al otro porque no nos teníamos miedo; “Amoroso” era un toro bravo que podía vivir pacíficamente.
Pasaron unos días y el toro se incorporó al grupo, aunque no tuvo buena acogida por sus compañeros que lo encontraron un poco extraño después de la larga ausencia.
Yo lo vigilaba mañana y tarde, viendo cómo se confabulaban unos con otros para hostigarle. Más de una vez tuve que acudir con “Chispa” para protegerlo. Andaba orillado porque les tenía miedo. Algunas veces que lo veía sólo, aprovechaba para desmontar y, dejando la yegua retirada lo llamaba: “Amoroso” ¡ven!, ¡majo!. ¡toma!... Como estaba acostumbrado, me miraba dulcemente, movía la penca y las orejas y encaminaba sus pasos hacia mí. Tomaba de mi mano la zanahoria y mientras se la comía, yo acariciaba su testuz y lomo. Luego le decía:
“Hala, vete con los tuyos”. Y se iba.




XVII

Nunca más vi cojear a “Amoroso”, al contrario, cada día se encontraba más dueño de sí y más fuerte; y también más noble, más bello y más valiente. Poco a poco se iba integrando en la torada. Le perdió el miedo a los otros toros. Cuando le plantaban pelea, les hacía cara y nunca se arrugaba. Una tarde me quedé pasmado cuando vi que le hacía frente al toro más poderoso y pendenciero del grupo y temí por él. Pero se colmó mi asombro, viéndolo salir airoso del trance, cuando hizo que huyera su enemigo. Desde entonces capitaneaba la manada y su presencia era respetada por todos. Con el tiempo, el toro adquirió una fuerza y una belleza impresionantes.
Un día recibo la orden de que “Amoroso” sea incluido en un lote especial para una plaza de categoría. Casi me desmayo con la noticia. Todo mi ser se rebelaba a que muriera aquel toro al que yo había arrancado de la muerte. Al menos eso me decía mi vanidad, por eso hice lo posible por impedirlo; pero todo fue inútil y “Amoroso” formó parte de la expedición con los demás.
Me toco llorar cuando lo vi sólo en su corral de la plaza de toros, rumiando quién sabe qué ideas y qué sentimientos. Yo le di la zanahoria, que él tomo desde el burladero, mientras acaricié su testuz y su lomo, y le decía:
“Amoroso” majo, ¿qué te van a hacer? ¡Ten ánimo!. ¡Sé valiente! .Y él tan tranquilo, como si me dijera: tú no tengas miedo, yo no le tengo.


XVIII


Yo estaba en la plaza como segundo de a bordo. Porque el mayoral, después del ganadero es el que recoge la cosecha de elogios o de criticas en lo referente al comportamiento de los toros. Los toreros son otra cosa. Ellos pertenecen al mundo artístico y son los que bordan las filigranas con la tela, más o menos manejable, según les deja el toro. El torero con el toro, hacen la faena, y al toro, con su esencia, lo hace el ganadero con las manos del mayoral. He de confesar que estaba emocionado al comenzar la corrida, pues me abrumaba la idea de que aquellos eran fruto de mi trabajo. Los toros salían bravos y daban buen juego. A todos le fueron cortando alguna oreja y varios fueron ovacionados. Era para estar satisfecho. Pero llegó lo mejor de la tarde.”Amoroso” era el último. La plaza lo esperaba con expectación, porque su estampa había gustado mucho en el encierro, así como su trapío y la belleza de su capa. Además habían despertado curiosidad las declaraciones elogiosas que yo hice sobre él, el día anterior, y los aficionados estaban impacientes por conocer la nobleza y la bravura que tenía dentro. Me arriesgué a proclamarlo porque cuando lo curaba intuía que le salían ambas cosas por todos los pelos de su piel.
“Amoroso” salió al redondel. En el centro le esperaba el matador con la capa abierta, dispuesto a parar todas sus furias. El toro era largo; se acentuaban en él los más bellos rasgos, tímidamente nevado y con un andar majestuoso. Iba hacia el engaño, juicioso, decidido, mirando de frente con la cabeza recta y sin vacilaciones. En un momento se fundió con el torero, cuando la capa se movía con arte una y otra vez, y describía formas peculiares con unos pases limpios, redondeando una colosal faena. La plaza se puso en pie y se estremecía de emoción.
Al torero le entusiasma la honrada acometida de aquel toro. Su bravura le asombra y pone en su toreo todo lo que tiene de artista. Hay cambio de tercio. Salen los picadores. El primero cita al toro, que acude sin vacilar embistiendo al caballo. El hierro se hunde a través de la piel y el torero pide al picador que no apriete; que no lo castigue; que quiere al toro entero.

“Amoroso” embiste repetidas veces al caballo, que aguanta en pie, hasta que una capa lo saca de la suerte. Los picadores se retiran. Le ponen tres pares de banderillas en medio de una clamorosa ovación. Otra vez el torero que toma la muleta y brinda al toro. Lo hace al mayoral y a la plaza.
Llegó la suerte de muleta y con ella también la música; un pasodoble que hizo vibrar a todos los tendidos que ya estaban en pie. El torero desarrolló una faena inenarrable, larga y profunda en consonancia con la bondad del toro. Se cansó de dar muletazos en todos los estilos, mientras, “Amoroso” siempre estaba dispuesto a embestir al paño hasta su propio agotamiento.
Por fin el torero remató la faena con un impecable pase de pecho y se retiró dispuesto a recoger el acero para matar.
Hubo un instante de silencio impresionante, seguido de un clamor ensordecedor que decía: “Amoroso”, “Amoroso”, “Amoroso”. Multitud de pañuelos se agitaban llenando la plaza de entusiasmo, y el toro recibía en medio del redondo una inmensa ovación. Seguidamente se hizo el más prolongado y absoluto silencio. Y he aquí lo más halagador para mí: la Presidencia dispone el indulto de toro. “Amoroso”, desde el centro de la plaza, de cara los tendidos, con la cabeza alta, recibía el aplauso general. Luego, pacíficamente dio una vuelta al ruedo hasta quedarse parado, mirando a la puerta de salida.
Yo, loco de alegría me apresuré a sacar los cabestros que recogieron a “Amoroso” para los corrales en medio del delirio de los aficionados. Luego entré a verlo de cerca y desde el burladero del corral le di la zanahoria y le dije: ¡“Bravo “Amoroso”! ¡Eres un valiente! ¡Nos veremos en la dehesa!.


IX

Al día siguiente, a la puerta de casa mientras gustábamos del fresco, hablaba con Rosana de la corrida que se había celebrado en la capital, y del toro “Amoroso”.

-Fue el único toro de la corrida que volvió a la dehesa y el único también de los que presenté en otras plazas- le dije.
- Y ahora ¿qué destino será el de este toro?- preguntó Rosana.
- Lo primero vigilar y curar sus heridas y pinchazos para que no se infesten, cosa que ya estoy acostumbrado a hacer con él. Luego llevaremos a cabo lo que disponga el amo. Supongo que lo destinará a cubrir las vacas de la ganadería. Sin duda será un buen semental. Siendo así, le espera la mejor suerte. Tendrá un harén para él sólo. Creo que es lo más acertado porque el toro ha mostrado su bravura ante toda la sociedad.
Entonces Rosana me preguntó en qué consistía la bravura del toro, a lo que contesté:
- Es algo que le nace interiormente y que le sale afuera como un caudal contenido que se desborda. No le puede llegar del exterior. No se lo puede dar el ganadero, ni el mayoral, ni la dehesa, con todo lo que ella tiene. La bravura es la esencia del toro, que solo la transmiten los que lo engendran. Ella va en los genes de los progenitores que contienen las peculiaridades de ese nuevo ser. La bravura del toro es su capacidad defensiva, su vehemencia para huir de la muerte.
-Bien, ahora creo que es el momento de que hablemos de nosotros, porque yo tengo algo muy importante de que decirte.
-¿De qué se trata?- pregunté yo.
-¡Casi no me sale noticia de la emoción que tengo! Mi alegría hace enmudecer mis palabras.
-¡Venga, dímela de una vez!
- Esteban, ¡vamos a tener un hijo ! El que me está haciendo sentir la maternidad, que es algo nuevo en mi vida, y será una alegría inmensa para los dos.
- Querida Rosana, esto es lo más grande y hermoso que nos podía suceder. Es una noticia llena de feliz Esperanza.